Desde la "Puerta de los Hombres" hasta la de "los Dioses", el hombre sube, simbólicamente, doce espirales sucesivas, cada una de las cuales moldea una vértebra dorsal.
De un solsticio a otro, ruta solar que jalona los doce meses del año, inscritos ellos a su vez en los doce signos del Zodíaco, el Hombre avanza en la noche de su Historia, conciente de vivir, más allá de la alternancia de los días y de las noches, de los veranos y de los inviernos, en otro plano, un largo invierno, una larga tiniebla, cuna de una única primavera, matriz del único sol que da la Vida.
¿Encontrará este sol? ¿Conocerá esta primavera?.
Mensajero de su devenir, el cuerpo del Hombre lleva en sí la promesa: en el corazón mismo de su ser está el "plexo solar". Esta certeza del sol que lleva en su centro ha atravesado las edades más agnósticas, del mismo modo que sus vértebras "sacras" han asegurado siempre el "secreto" contenido en Yesod.
En la tradición hindú, la ascensión de Kundalini en este nivel abre el chakra del ombligo y después el del corazón. El primero, que se abre sobre diez pétalos, es el Omphalos, el Centro, asociado, si se lo considera como un polo, con el "Centro del Mundo", estando el otro polo representado por el corazón, en el cual el chakra está descrito como un flor de loto roja, abierta sobre doce pétalos.
En nuestro estudio, estos dos centros se distinguirán pero no estarán separados, unidos más no confundidos. Sin embargo, es en el nivel del corazón que se abre la flor de loto, en la cual los doce pétalos expresan el dodecanato ligado, sobre todo, al SER.
En el centro del loto, está su corazón, llamado también cáliz, décimotercer elemento hacia el que convergen los doce primeros. Es para alumbrar al Dios-Hombre, "Sol de Justicia", que trabajan las doce tribus de Israel. Alrededor de Cristo, "Sol de Justicia" El mismo, gravitan los doce Apóstoles.
Más tarde aún, el Occidente cristiano en búsqueda del Santo Grial, el precioso cáliz, construirá uno de sus últimos mitos alrededor de la Mesa Redonda que preside el Rey Arturo y sus doce caballeros.
Entre los griegos, Hércules (o Heracles) sale victorioso de los doce trabajos a los que lo somete Eurístides, para cumplir, desposando a Omphale (es decir, al identificarse con el Centro de su ser) la decimotercera hazaña que le permite el acceso a la morada de los dioses, donde es acogido por Hera, diosa de la que ya llevaba su "semilla" en su nombre.
Cualquiera sea la calidad del "centro" del Onfalo, del corazón de la flor, él es ese corazón, ese decimotercer elemento al que conducen los doce pétalos, las doce etapas del camino. Y este decimotercer elemento, como el cubo de la rueda, ocupa el centro. El es la luz en las tinieblas, la inmovilidad del movimiento, lo invariable en el corazón de lo variable, el Principio en la génesis y la vocación de lo múltiple. Allí arde el fuego que no consume. Allí se despierta el amor en la "mansión del rey" en el Cantar de los Cantares.
Tinieblas, sol, fuego, amor, belleza, perfección, hemos arribado -todo nos lo indica- en el nivel del Árbol de los Sephiroth, al Sephirah Tiphereth.
En el esquema divino, Tiphereth es la plenitud de la Armonía divina. El reúne todos los colores, todos los sonidos, todos los perfumes, todos los ritmos, y los exalta en la unidad perfecta del encuentro. Es la medida, es la Belleza. Es el Sol divino, Rueda suprema en la que todos los rayos reúnen tinieblas y luz, y cuyo formidable torbellino hace estallar todas las posibilidades del Amor divino.
El Amor es un don y también receptividad. Eterno fluir, irradiación sin fin, es también un perfecto vacío y total atracción. Centro de todo movimiento, medida de todo ritmo, no puede darse a conocer más que velándose y limitándose, engarzado en las joyas de toda vida manifestada a través de la irradiación que atrae hacia él.
Annick de Souzenelle
@VictoriaDevi
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