Europa se enfrenta hoy al desafío de su propia preparación frente a crisis híbridas, ataques cibernéticos o agresiones militares. Los países bálticos funcionan como faros: muy conscientes del peligro ruso, han trabajado intensamente en su resiliencia civil, con protocolos ensayados, población movilizada y sistemas clave —sanidad, energía, comunicaciones— reforzados como parte de un esfuerzo completo de defensa. En contraste, en países del oeste como España, persiste una cierta complacencia; la concienciación masiva y la preparación institucional no alcanzan los niveles del este europeo.
Este contexto ha impulsado el rearme colectivo en la Unión. La propuesta del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores para un “Baltic bellwether” ilustra dos futuros posibles: uno en el que Europa se fortalece, incrementa el gasto en defensa, asegura infraestructuras y mantiene la calma social; y otro en el que, sin preparación civil, una agresión produce caos y colapsos generalizados. Junto a esto, se debate la creación de un Acta Europea de Producción de Defensa (EDPA), inspirada en una ley estadounidense similar, para dotar al bloque de una capacidad de respuesta coordinada y rápida ante crisis graves.
Al mismo tiempo, Alemania ha decidido reactivar el servicio militar obligatorio como parte de ese proceso de rearme estratégico frente a la amenaza rusa. Alemania ya reintrodujo la mili tras observar los modelos nórdicos —como el sueco— que integran a la ciudadanía en planes de “defensa total”; ahora vuelve a impulsarlo, resaltando la necesidad de reforzar tanto el ejército como la implicación civil.