Las monarquías del Golfo han acelerado su desembarco económico en África como parte de una estrategia calculada para ampliar su influencia global. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Catar invierten masivamente en puertos, agricultura, energía y minería, buscando garantizar seguridad alimentaria, controlar rutas comerciales estratégicas y ganar peso político frente a potencias tradicionales. Aunque estas inversiones aportan capital e infraestructuras muy necesarias, también generan interrogantes sobre soberanía, sostenibilidad ambiental y una posible nueva dependencia externa que limita el desarrollo autónomo del continente.
En paralelo, Sudáfrica reafirma su condición de potencia regional en el África austral, combinando liderazgo económico y diplomático con una marcada ambigüedad geopolítica. Pretoria navega entre sus vínculos históricos con Occidente y su creciente alineamiento con China y Rusia, especialmente a través de los BRICS. En el emergente orden multipolar, Sudáfrica aspira a representar al Sur Global, aunque sus tensiones internas y posturas ambiguas reducen su capacidad de liderazgo continental efectivo.