Ante un mundo oscurecido por el pecado, la maldad, los problemas, las aflicciones, y todo lo que nos daña, Jesucristo nos llama “luz del mundo” y nos impulsa a alumbrar a otros con nuestras buenas acciones. La luz del creyente no debe vivirse a escondidas, sino que debe resplandecer en todo lo que decimos, pensamos, y hacemos. No dejes que nada, ni nadie, apague la luz que el propio Dios ha encendido en ti.