Durante las últimas dos décadas han surgido grupos dentro de los movimientos ecologistas que han creído encontrar en las tecnologías digitales una solución a los problemas ecosociales a los que nos enfrentamos.
Desde la promesa de un crecimiento desacoplado del consumo de recursos hasta la sustitución del papel por grandes bases de datos digitales, «toda toma del cielo por asalto» se ha programado en días nublados. Incluso entre quienes reconocen el impacto de las tecnologías digitales, a menudo se confunde «la toma del cielo con la toma de la nube», situando todos los problemas del complejo digital en su control por parte de gobiernos autoritarios y grandes compañías tecnológicas.
Esta propuesta tecnosolucionista se sostiene sobre una imagen mágica de las tecnologías digitales, esta es, la que comprende la nube como algo etéreo e inmaterial del que pudieran brotar, como si fuera tocado por un aprendiz de brujo, las soluciones que hace tantas décadas necesitamos. Nada más lejos de la realidad.
Impactos ecosociales
En el mismo surgimiento de las tecnologías digitales y, especialmente, desde los últimos cinco años están surgiendo voces que denuncian el impacto ecosocial de la infraestructura que sostiene todos los procesos digitales, desde la perturbación ecosistémica de los cables submarinos a las emisiones asociadas al transporte y fabricación de los dispositivos electrónicos. Sin embargo, una de las figuras más problemáticas son los centros de datos, que son aquellas construcciones de cemento donde se amontonan los servidores que almacenan y procesan la información en red.
A grandes rasgos, los centros de datos pueden comprenderse como el ordenador de otro… ¡pero vaya ordenador! En los estudios sobre la materialidad de la nube criticamos generalmente la extralimitación de su demanda energética, hídrica y mineral, aunque podríamos sumarle la contaminación acústica de los ventiladores y los conflictos con el uso del suelo.
A nivel energético, la Agencia Internacional de la Energía estima que los centros de datos consumen en torno al 2% de la energía eléctrica mundial (llegando al 20% en territorios como Irlanda)1, un porcentaje que, incluso en las estimaciones más conservadoras, se duplicará en los próximos cinco años2. Estos datos son probablemente mucho mayores, debido a la opacidad de la industria y la proliferación de escándalos en el consumo de energía y agua. Esta energía se consume principalmente por el procesamiento de los mismos servidores, pero también en la refrigeración y en el mantenimiento de las infraestructuras, lo que deriva a menudo en sobrecargas de la red eléctrica y apagones en las comunidades vecinas. Por supuesto, este consumo energético lleva asociado grandes cantidades de emisiones de carbono que, por la opacidad de estas empresas, son muy difíciles de cuantificar, aunque algunos estudios estiman que supera el 3% de éstas3.
Consumo de los servidores
Este consumo en los servidores emite calor, lo que requiere de complejos sistemas de refrigeración. En los días más calurosos, la refrigeración no se puede realizar únicamente por ventiladores, por lo que emplean grandes cantidades de agua, que además debe ser tratada químicamente para evitar la acumulación de minerales o microorganismos. Un centro de datos pequeño puede consumir unos veinticinco millones de litros de agua al año, que en casos como el centro de datos de Talavera de la Reina se elevaba, en su primer proyecto, hasta los seiscientos millones de litros de agua potable en una zona con riesgo de sequía4. Este consumo desluce frente a otras industrias como la agroindustrial, pero supone otro clavo en el ataúd de los cada vez más numerosos territorios con estrés hídrico. Cabe señalar que el agua que consumen no sólo se da en el mismo centro de datos, sino también en los centros de producción eléctrica, por lo que las aclamadas soluciones técnicas que prometen eliminar el consumo de agua terminan por incrementar el consumo eléctrico, externalizando ese coste hídrico a las centrales térmicas. A esto habremos de sumarle el impacto ecosocial de su consumo mineral y es que el periodo de vida útil de un servidor no supera los cinco años, por lo que debe renovarse constantemente, requiriendo una extracción constante de boro, cobre, galio, cobalto y silicio en los semiconductores, germanio en los cables de fibra óptica, litio en las baterías y manganeso en los dispositivos de almacenamiento, entre otros.
La responsabilidad de los centros de datos en el agravamiento de la crisis ecosocial y el empeoramiento de las proyecciones de descarbonización no ha impedido el auge de su construcción durante los últimos cinco años. Debido a las restricciones legales y sociales de los países del norte de Europa, el foco de la industria se ha desplazado a España. En nuestro país, se han abierto un gran número proyectos para la construcción de centros de datos gracias a la connivencia de partidos políticos y medios de comunicación, que lo han considerado en casi todos los casos «proyectos de interés singular» para las distintas regiones. Este aumento sin precedentes ha encontrado, al igual que en otros territorios, una resistencia minoritaria debido a las falsas promesas económicas que acompañan a su construcción. Sin embargo, desde comienzos de este año, Ecologistas en Acción junto a Tu Nube Seca Mi Río, han comenzado a confrontar tanto legal como socialmente la proliferación de estos sumideros de recursos.
Aragón centro de datos
En Aragón, la tierra prometida de los centros de datos dentro del Estado español, la administración autonómica ha puesto la alfombra roja a estos megaproyectos, con la intención de que sea ésta la región de Europa con mayor concentración de centros de datos. Ha sido especialmente agresiva la llegada de Amazon Web Services (AWS) a la región, donde ya tiene tres centros de datos en funcionamiento y pretenden ampliar su red en cinco emplazamientos más. Ante esto, Ecologistas en Acción de Aragón se coordinó con seis organizaciones más (Amigas de la Tierra, Ingeniería sin fronteras, Plataforma en Defensa de los Paisajes de Teruel, Red Aragonesa por el Agua Pública, Tunubesecamirio y SEO/Bird Life) para, por primera vez en la historia del Estado español, presentar alegaciones de manera conjunta a un proyecto de estas características. Tras esto, Ecologistas ha montado un grupo de trabajo interáreas con el objetivo de analizar el impacto que estas infraestructuras están teniendo ya en nuestro país y tratar de evitar la proliferación incontrolada de estos proyectos. Entre las diferentes características de este proceso de movilización, quisiéramos destacar la presencia de jóvenes militantes como nosotros: pese a la imagen de dependencia tecnológica que en ocasiones se proyecta a la juventud, queda una vez más patente el compromiso ecosocial de nuestra generación y, en este caso, su potencial para actuar como punta de lanza en el movimiento contra la digitalización.
Sin transición verde y digital
Una vez explorada la infraestructura de las tecnologías digitales, la conclusión es clara: no existe algo así como una transición verde y digital, sino que toda transición ecosocial tiene que ir acompañada de un proceso de desdigitalización. Es decir, no podemos asumir estos sumideros de recursos en una sociedad decrecentista, incluso aunque por un milagro (algo irónico), estuvieran controlados por individuos realmente ecologistas. Los objetos digitales como la inteligencia artificial, las criptotransacciones o las plataformas digitales se han de tornar residuales en cualquier tipo de transición justa y, desde luego, no deben monopolizar las expectativas de un futuro ecológicamente fundamentado.
En un contexto social marcado por una profunda fiebre tecnológica, han de ser los movimientos sociales quienes rompan el pacto informal entre gobiernos y multinacionales tecnológicas, criticando la digitalización como un pilar de su programa político. Y entre ellos, el movimiento ecologista es el que está mejor estratégicamente situado para coordinar esta crítica, estableciendo alianzas con otros movimientos contra la digitalización, desde la lucha decolonial hasta la lucha docente, y abanderando un malestar social hacia las tecnologías digitales que cada día está más patente.
Será esta unión la que nos permita actuar frontalmente contra una deriva tecnológica que, aunque ya está mostrando signos de agotamiento, promete agotar nuestros recursos y los escenarios futuros de vida buena antes de ingresar en el grupo de las promesas que quisieron ser, pero nunca fueron.
Burke-Kennedy, Eoin (2024). Data centres now account for 21% of all electricity consumption. The Irish TimesGoldman Sachs. (2025). AI to drive 165% increase in data center power demand by 2030. Goldman Sachs.Ejike, Daniel; Ninduwezuor-Ehiobu, Nwakamma; Feliz, Ochuko, Afeyokalo, Blessed; Adepoju, Akeeb y Onunka, Chiemela. (2023). Impact of Data Centers on Climate Change: A Review of Energy Efficient Strategies. The Journal of Engineering and Exact Sciences, 9/6), 1-15Pascual, Manuel. (2023). El hipercentro de datos de Meta en Talavera consumirá más de 600 millones de litros de agua potable en una zona en peligro de sequía. El País.El BOE publica la declaración de sobreexplotación del acuífero de Baza-Freila-Zújar
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