Cada vez que aparece el papa ocurre algo curioso. Pronuncia un discurso, celebra una misa multitudinaria y, de repente, todo el mundo descubre que piensa exactamente como él. Los progresistas encuentran al defensor de la inmigración y la justicia social. Los conservadores al guardián de la familia y la tradición. Los nacionalistas celebran sus guiños a las identidades colectivas y los liberales sus referencias a la dignidad individual. Es una suerte de papafilia ideológica. Cada cual selecciona la frase que le conviene, la exhibe como un trofeo y proclama: «El papa es de los míos». Pero los discursos papales no funcionan así. Están dirigidos a millones de personas de culturas, sensibilidades y circunstancias muy distintas. Por eso suelen admitir lecturas diversas sin dejar de transmitir un mensaje común.