Fernando Clavijo habló en el acto del Día de Canarias, del orgullo de ser canario, de singularidad, de respeto y de autogobierno. Habló de la voluntad de los canarios de decidir sobre los asuntos que nos afectan y de una tierra que no quiere imposiciones, que exige ser escuchada. Todo eso es parte del lenguaje del nacionalismo. Y, sin embargo, faltó el reproche histórico al maltrato o a la opresión, y no hubo en el discurso mención alguna a enemigos interiores, ni amenazas de ruptura, ni nada similar a una construcción emocional basada en el resentimiento secular. ¿Por qué renunciar a esos argumentos? Quizá porque el nacionalismo canario de hoy se origina de forma distinta y se sostiene con una evolución muy diferente a la de otros nacionalismos. La mayoría de las fuerzas nacionalistas del siglo pasado construyeron su identidad en oposición a algo: frente a un Estado colonizador, o en defensa de una lengua, una cultura o una historia propia.