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La difusión de una conversación privada del fallecido obispo de Tenerife, Bernardo Álvarez, ha provocado una indignación tan inmediata como poco matizada. En esa grabación hay varios planos. El primero: el reconocimiento de que durante años la Iglesia ocultó abusos. Pero eso no es ninguna novedad. Lo sabemos todos. Lleva años documentado y asumido. Que un obispo lo reconozca en privado no es escandaloso. Lo criticable, en todo caso, es que no lo dijera con la misma claridad en público.
Un niño se hace hombre y se encara con el protector de su abusador, un Obispo que tiene la poca vergüenza de decirle en su cara que hay menores que se insinúan.
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