Mientras el Gobierno gobierna sin presupuestos, aprueba un techo de
gasto récord para 2027. Más de 226.000 millones de euros, un incremento
del 6,6 por ciento, acompañado de previsiones de gasto e ingresos
extraordinariamente expansivas. El Ejecutivo sabe que esos presupuestos
–y cualesquiera otros, dicho sea de paso- carecen de apoyos suficientes
para ser aprobados. Entonces… ¿para qué presentar unos presupuestos
condenados al fracaso? La respuesta es evidente: no se presentan para
ser aprobados, sino para ser usados como instrumento de campaña. Su
sentido no es ser una herramienta para gobernar, sino convertirse en
propaganda. De hecho, no importa que jamás entren en vigor. Basta con
anunciar miles de millones para gastarse, y con eso construir un
discurso. Si el Congreso los rechaza después, siempre quedará la
oposición, responsable de impedir las inversiones.