Un testigo precioso de esta verdad es san Rafael Arnáiz. Su vida estuvo marcada por la fragilidad, la enfermedad, los límites físicos y los sueños rotos. Humanamente hablando, tuvo muchos motivos para la frustración. Y, sin embargo, desde esa vida aparentemente pequeña y limitada pudo escribir una frase que encierra una gran sabiduría:
«La ciencia de la vida consiste en saber esperar».
Esperar… pero no con los brazos cruzados. No con resignación amarga. Esperar con el corazón abierto, con confianza, con fe. Esperar sabiendo que Dios nunca llega tarde. Que incluso cuando todo parece detenido, cuando nada cambia, cuando los resultados no se ven, Dios está trabajando en silencio.