Vivimos en una sociedad donde casi todo parece medirse por la apariencia.
Importa la imagen, el número de seguidores, los "me gusta", el reconocimiento. Muchas personas viven pendientes de cómo las ven los demás. Y eso termina agotando. Porque cuando uno necesita continuamente la aprobación ajena, nunca descansa del todo.
Sin embargo, san Pablo nos recuerda que uno de los frutos del Espíritu Santo es la modestia.