Se resistía, toda la fuerza la impulsaba, pero ella quería guardarse, quedar en su semilla, ocultarse.
Resguardarse del frío de crecer, esconder la raíz más profundo, aferrándose a la tierra, abrazando para siempre esa semilla que había sido y ya no era.
Le gustaba la luz, era la libertad, la responsabilidad, la independencia, pero le temía.
La vida crece invariablemente, el tiempo vuela de prisa, no puede sostenerse el viento.
Valiente no es el que no teme, sino el que se enfrenta al miedo y continúa.
Y el sol se acerca y acaricia los primeros brotes verdes, es algarabía que recorre los torrentes de la savia embravecida, inevitable, insostenible, sólo hay que dejarse abrazar por la belleza de la vida.
Y entonces ya no puede resistirse, y florece, llenando al mundo con más belleza y con más vida. Aldo J. Barone