Antes que las chicas, cuando estaba flirteando con la posibilidad de ser dibujante de cómics, llegó mi primer gran amor: la radio. Llegó como llegan las grandes historias de amor, de repente, sin avisar. En mi colegio, en la última planta, al fondo del pasillo de los mayores, instalaron un pequeño estudio de radio. La toma eléctrica del techo de la habitación estaba por fuera, encima de la puerta. Si le dabas al interruptor de la sala se encendía una bombilla pintada de rojo. Don Salvador a los mandos. Entramos en directo, todos en silencio. Cinco y dentro. La antena era de frecuencia modulada y emitíamos a través del 107.5. Era la primavera de 1988, estaba acabando 7º de EGB. Tenía 12 años.
Esta es la importancia de las actividades extraescolares. Hoy luzco con orgullo una hermosa y creciente colección de cómics, pero soy profesor universitario de Radio y Pódcast después de haber trabajado más de 20 años en varias cadenas españolas. En la carrera de Periodismo conocí a mi mujer y nuestra hija se llama Alba, por la de mañanas que vi amanecer ante el micrófono dando noticias. Obtuve una Antena de Oro y el Premio Nacional de Radio al Mejor Presentador de Informativos, pero el mayor tesoro son las decenas de compañeros y amigos que conservo de las distintas redacciones.
Soy el hombre que soy gracias a aquella pequeña habitación, al fondo del pasillo de los mayores, con una bombilla pintada de rojo encendida sobre la puerta. Entramos en directo, todos en silencio. Cinco y dentro.