Hay días en los que el peso de la rutina te obliga a estallar, y otros en los que decides, simplemente, romperte. Esta noche no busco amor, ni promesas, ni siquiera un nombre. Cruzo las puertas de este club buscando el roce del cuero, el eco de los latigazos y una mirada que me obligue a obedecer. En este relato en primera persona, te cuento cómo decidí dejar mis inhibiciones en el guardarropa para perderme en un laberinto de lujuria. A veces, romperse es la única forma de volver a sentirse entera.