Hola, soy Guillermo Reyes. Hoy quiero hablarte de la cosa más difícil que existe en la estrategia, y que, curiosamente, suena a lo más fácil del mundo. La simplicidad.
Déjame arrancar con una escena. Hace algunos años, en una oficina en Panamá, un director general me recibió muy orgulloso. Sobre la mesa tenía su plan estratégico. Un documento hermoso, encuadernado, de casi doscientas páginas. Análisis de mercado, escenarios, proyecciones, todo impecable. Y yo, en lugar de felicitarlo, le hice una sola pregunta. Le dije, explícamela en un minuto, como si yo fuera uno de los vendedores de tu piso, y solo tuvieras el tiempo de subir juntos en el elevador.
Se hizo un silencio incómodo. Empezó, se detuvo, volvió a empezar, se enredó. Al final, no pudo. Y no era por falta de inteligencia, al contrario, era de las personas más brillantes que he conocido. El problema era otro. Ese plan de doscientas páginas nunca había sido destilado hasta su esencia. Y una estrategia que no cabe en la cabeza de quien la tiene que ejecutar no sirve, por más bonita que se vea sobre la mesa.
Aquí quiero ser muy claro, porque esto se presta a confusión. Volver a lo básico no es volverse simplista. No es tener menos ambición. Simplificar es, en realidad, el trabajo más difícil que hay, porque te obliga a decidir. Acumular es fácil. Agregarle una iniciativa más al plan no le cuesta nada a nadie. Lo que cuesta, lo que de verdad duele, es elegir. Decir esto sí, y esto no.
Y para eso, en mi práctica uso dos herramientas muy sencillas. La primera es la Pirámide Estratégica. Es una forma de ordenar la empresa por niveles, donde todo tiene que conectar de arriba hacia abajo. En la punta va lo más importante, y también lo que más se nos olvida preguntar. ¿En qué negocio estás realmente? Debajo van los pocos objetivos que de verdad importan. Y más abajo, las acciones del día a día, con los indicadores que te dicen si vas bien. La regla es brutal de tan simple. Si una iniciativa, allá abajo, no conecta con el propósito de allá arriba, entonces no es estrategia. Es ruido.
Esa pregunta de la punta, la de en qué negocio estás, no es nueva. En mil novecientos sesenta, un profesor de Harvard llamado Theodore Levitt escribió algo que se volvió legendario. Explicó que los grandes ferrocarriles de Estados Unidos entraron en decadencia por una razón increíble. Creían que estaban en el negocio de los trenes. Y no lo estaban. Estaban en el negocio del transporte. Cuando llegaron el automóvil y el avión, ellos, que tenían todo para dominar el movimiento de personas y mercancías, se quedaron mirando sus rieles. Confundieron lo que hacían con la razón por la que existían. Y eso les costó todo.
Déjame bajar esto a un caso real. Hace unos años acompañé a una cadena de cafeterías que crecía en varios países de la región. Estábamos en un taller, en Bogotá, y les puse justo esa pregunta de la punta de la pirámide. ¿Ustedes están en el negocio del café, o en el negocio de cómo la gente consume el café? Parece un juego de palabras, pero lo cambió todo. Cuando entendieron que su negocio no era el grano, sino el momento y la forma en que el cliente lo tomaba, nació un formato mucho más ágil, para tomar y llevar, lo que ellos llamaron pick and go, y un modelo replicable, un plug and play, que les permitió abrir muchísimas tiendas sin perder su esencia. No cambiaron de producto. Cambiaron de definición. Y esa nueva definición, en la punta de la pirámide, ordenó todo lo que venía debajo.
La segunda herramienta es todavía más humilde. Se llama One Page Strategy, la estrategia en una sola página. Y la idea es exactamente esa. Toda tu estrategia, la de verdad, debe caber en una hoja que cualquier persona de tu empresa pueda leer y entender. Aquí viene el dato que a mí me sacude cada vez que lo repito. Kaplan y Norton, los creadores del Balanced Scorecard, publicaron en Harvard Business Review que, en promedio, solo el cinco por ciento de los empleados entiende la estrategia de su empresa. Cinco por ciento. Eso significa que noventa y cinco de cada cien personas que trabajan en una compañía toman decisiones todos los días sin saber bien para dónde va el barco. Y luego nos preguntamos por qué las estrategias no se ejecutan.
Entonces, el mensaje de hoy es este, y quiero que te pique un poco. Si tu estrategia necesita doscientas páginas, y no la puedes explicar en el elevador, el problema no es que tu negocio sea demasiado complejo. El problema es que todavía no has hecho el trabajo de simplificarlo. La complejidad no siempre es señal de sofisticación. Muchas veces es solo señal de que nos dio pereza decidir.
Y por eso tu reto de esta semana es un ejercicio de una sola hoja. Toma una página en blanco, y trata de escribir tu estrategia completa ahí, sin trampas. En qué negocio estás de verdad. Las dos o tres cosas en las que vas a ganar. Y cómo vas a saber que estás ganando. Si todo cabe con claridad en esa hoja, felicidades, tienes una estrategia. Si no cabe, no te frustres. Acabas de descubrir con toda precisión cuál es tu tarea pendiente.
Y déjame cerrar con un guiño. ¿Te acuerdas del grupo automotriz del primer episodio, el que pasó de cuarenta iniciativas a ocho? Eso, ni más ni menos, fue volver a lo básico.
En el siguiente episodio vamos a dar el paso que casi todos se saltan. Porque tener la estrategia en una página es apenas la mitad del camino. La otra mitad, la más dura, es ejecutarla. Ahí te voy a mostrar por qué la complejidad es el enemigo número uno de la ejecución, y por qué las empresas que de verdad ganan no son las que más planean, sino las que mejor ejecutan.
Get full access to Guillermo Reyes at bpsinsights.substack.com/subscribe