En enero de 1869, la ciudad de Bayamo, joya de la aristocracia oriental, fue quemada por sus pobladores.
Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, con el rostro surcado por la angustia y la determinación, lo planteó sin titubeos: la ciudad debía ser quemada. No quedaría techo, ni almacén, ni fortuna que pudiera servir al enemigo.