Fue un rescate de proporciones épicas, que inspiraría una de las más grandes obras de la literatura universal. Alexander Selkirk, marinero escocés, había sido abandonado en una isla del Pacífico Sur. Cuatro años de soledad, en los que la vida se redujo a lo esencial: respirar, buscar alimento, protegerse del frío, no olvidar el sonido de la propia voz. La isla, entonces llamada Más a Tierra, hoy, Robinson Crusoe, era un territorio indómito, abrupto, bello y feroz, que se convirtió en su único mundo posible.