La vida humana ha de ser tenida como sagrada, porque desde su inicio es fruto de la acción creadora de Dios y permanece siempre en una especial relación con el Creador, su único fin. Solo Dios es el Señor de la vida desde su comienzo hasta su término; nadie, en ninguna, puede atribuírse el derecho de matar de modo directo a un ser humano inocente.