Sin embargo, Wallace necesitaba convencer a los dos árbitros para ganar la apuesta. Coulcher y Carpenter se reunieron en la casa del primero, donde Coulcher elaboró una serie de diagramas y planos que mostraban de forma esquemática los resultados. Pero Carpenter no cedía, seguía en sus trece, negando lo evidente y sin reconocer su derrota. Carpenter envió una carta a Wallace para solicitarle que llamara a otro árbitro distinto para poder discutir de manera “sensata” el experimento. El naturalista, anonadado por la escasa honradez de su contrincante, no tuvo otra opción, así que volvió a llamar a John Henry Walsh. Este, amablemente, acudió de nuevo como árbitro y analizó los esquemas del experimento. Asimismo, tuvo que ceder a las demandas de Hampden de enviar los documentos a un oftalmólogo experto, el señor Solomons. Para asegurarse de que no había ninguna trampa (ya las había habido a raudales por su parte), Hampden envió a Carpenter para seguir la evolución de los análisis del oftalmólogo (aunque finalmente las realizó un aprendiz suyo igualmente capacitado). Para su desgracia, la revisión concluyó lo evidente: que el experimento estaba bien hecho y que demostraba que la superficie del agua era curva. No hay más ciego que quien no quiere ver…
Finalmente, todas las evidencias señalaban la victoria de Wallace, y así lo dejó por escrito Henry Walsh:
“El Sr. A. R. Wallace, mediante el experimento que aprobó de forma satisfactoria el Sr. Hampden y su árbitro, elegido por estos dos señores, ha demostrado a mi satisfacción “la curvatura de aquí para allá” del nivel del canal de Bedford entre el puente Welney y la presa de Welch (seis millas) [aquí Walsh se equivocó y realmente quería hacer referencia al puente de Old Belford] hasta la extensión de cinco pies, más o menos. Por lo tanto, propongo que se pague al Sr. A. Wallace la cantidad de 1000 libras esterlinas, que ahora está a mi nombre en el Banco Coutts para respetar el resultado de la prueba anterior, el próximo jueves, a no ser que el señor Hampden me notifique lo contrario.”
Los corchetes son del autor. A partir de aquí es cuando llegamos al colmo de la hipocresía y lo lamentable, porque Carpenter se negó a firmar el documento que otorgaba la victoria a Wallace. Los zetetistas, después de todo, se negaron a ceder porque su mentor Rowbotham ya había “demostrado” la planitud de la Tierra. Hicieron perder el tiempo a Wallace, porque nunca iban a reconocer que él había ganado, ya tenían una idea prefijada e inamovible. Aun así, Walsch, harto ya de tanto disparate, dio justamente el premio a Wallace. Mientras, el granuja de Carpenter aprovechó para redactar un panfleto para desacreditar a Walsh y a Wallace, tildándoles sin vergüenza alguna de fraudes y de haber manipulado los datos. Por su lado, Hampden intentó durante varios años destruir socialmente a Wallace mediante el envío de misivas a los colegas, familiares y amigos del científico donde escupía todo tipo de difamaciones sobre el naturalista. Sin embargo, se hizo justicia, ya que Hampden fue denunciado por Wallace por calumnias y por mancillar su honor. A lo largo de todo ese tiempo, fue condenado hasta en cuatro ocasiones, pasando algunos meses en prisión y obligado a pagar 600 libras a Wallace, cosa que nunca hizo por declararse insolvente. También llegó a enviar cartas de amenaza de muerte hacia Wallace remitidas a la esposa del naturalista, por lo que también fue juzgado:
“Señora, si su ladrón infernal […] llega a casa algún día […] con cada hueso de su cabeza hecho papilla, sabrá la razón. Dígale de mi parte que es un mentiroso ladrón infernal, y tan seguro de que su nombre es Wallace, él nunca morirá en su cama. Debe de ser una miserable desgraciada por ser obligada a vivir con un delincuente convicto. No piense o no deje que piense que he terminado con él.”
Asimismo, en 1876 John Hampden denunció a Henry Walsh amparándose tramposamente en una ley que prohibía las apuestas (cuando fue él quien la realizó). Desgraciadamente, en este caso sí ganó el juicio y Wallace fue obligado a pagarle las 500 libras que justificadamente consiguió en 1970. No tuvo que pagarlo todo, ya que Hampden aun le debía 600 libras por la denuncia que no había solventado. Y no solo esto, ya que Wallace también recibió críticas de sus propios colegas científicos (incluyendo de Darwin) al haber dado más repercusión a la locura terraplanista a causa de este escándalo y por haber participado en una apuesta que discutía un hecho científico indiscutible, la esfericidad de la Tierra.
Así terminó uno de los capítulos más patéticos de la historia. No obstante, aun queda una cuestión por dilucidar. ¿Por qué vio Rowbotham durante su experimento el barco situado más allá de 6 millas si tendría que haber sido ocultado por la curvatura del agua? Existe una explicación que concuerda con sus resultados y que mencionaremos en más ocasiones: fue víctima de la refracción atmosférica, es decir, la desviación de los rayos lumínicos que reflejan los cuerpos en determinadas condiciones atmosféricas (cuando las temperaturas son altas, por ejemplo) y que nos permite verlos aunque no estén en nuestra línea de visión. De hecho, Parallax señala que el experimento se llevó a cabo en verano, por lo que las altas temperaturas aumentan la probabilidad del efecto refractario. Lo que está claro es que su experimento quedó refutado, con escándalo de por medio. Y no sólo por Wallace. Años más tarde, concretamente en el verano de 1900 y 1901, el profesor de geografía Henry Yule Oldham replicó con exactitud el experimento del naturalista en el mismo tramo del Old Belford y empleando la misma técnica, sólo que esta vez utilizó un teodolito más moderno y una cámara fotográfica para constatar la observación. Sus resultados corroboraron a la perfección los de Wallace.
La refutación temprana de la prueba “fundacional” del movimiento terraplanista moderno y el nefasto comportamiento de aquellos primeros miembros (dos hechos que los terraplanistas se olvidan a menudo de mencionar) ya nos dice mucho del movimiento terraplanista… A continuación, analizaremos algunos de los tópicos terraplanistas más populares. Si el lector quiere indagar más sobre las bases terraplanistas, recomendamos la lectura de dos libros: 200 Proofs Earth Is Not a Spinning Ball (200 Pruebas de que la Tierra no es una Pelota giratoria) de Eric Dubay, una de las mejores recopilaciones de argumentos sobre la Teoría de la Tierra Plana que además es de acceso libre, y Tierra plana. La mayor conspiración de la historia del youtuber español Óliver Ibáñez, un libro que no deja de ser una copia literal del anterior pero en el que el autor ha introducido algunas reflexiones de su cosecha.
La curvatura invisible
El horizonte siempre aparece perfectamente plano independientemente de la altura a la que se encuentre el observador y hacia donde mire.
Lo cierto es que esto no es así. A partir de una determinada altura, se puede apreciar la curvatura de nuestro planeta. Para observar dicha curvatura nos tendríamos que situar a unas alturas a las que muy pocos pueden acceder: a más de 30 Km, y aún así la curvatura es casi imperceptible. ¿Por qué? Acudamos a las matemáticas.
Nuestro planeta tiene un radio aproximado de 6371 Km. Para calcular la longitud de una circunferencia se emplea la siguiente fórmula:
Circunferencia = 2 * r * ?
Es decir, hay que obtener el producto del número pi multiplicado por dos veces el radio, o lo que es lo mismo, el diámetro. De esta forma sabemos que la circunferencia de nuestro planeta mediría unos 40030,17 Km. Considerando la Tierra como una esfera casi perfecta, los círculos imaginarios o meridianos que forman la superficie terrestre tienen 360º, así que podemos saber la longitud que tiene un grado realizando una sencilla división:
40030,17 Km / 360º = 111,19 Km es lo que ocupa 1 grado en la circunferencia de nuestro planeta
https://periergeia.org/dossier-terraplanismo-parte-2-tierra-plana-vs-tierra-esferica-la-teoria-de-la-tierra-plana-a-examen/