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Según el primer mito, la República nació como un proyecto de modernización de un país extremadamente atrasado y plagado de unas injusticias sociales extraordinarias. En realidad, en la época de la Restauración España ya había experimentado en todos los órdenes un crecimiento lento, pero sostenido y acelerado, superando el estancamiento anterior. Y durante la dictadura de Primo de Rivera el desarrollo económico y social cobró gran ímpetu, con lo que se empezó a acortar, por primera vez, la distancia con respecto a la Europa rica. En ese sentido, la República heredaba una situación excelente, aunque ensombrecida por la crisis mundial, y se veía libre, además, de los dos auténticos cánceres que habían destruido la Restauración: el terrorismo y el problema de Marruecos, aparte de los separatismos, que en 1923 habían estado a punto de recurrir también al terrorismo.
El segundo mito afirma que la República llegó ante todo como un proyecto democrático de izquierdas. Pero, de hecho, fueron los derechistas Alcalá-Zamora y Miguel Maura quienes organizaron a los dispersos e improvisados grupos republicanos y los empujaron a tomar el poder el 14 de abril de 1931. El proyecto de aquellas derechas, así como del republicanismo histórico de Lerroux, que se había moderado mucho, consistía precisamente en construir en España una democracia liberal. Era muy diferente, en cambio, el proyecto de las izquierdas… si puede hablarse de tal, ya que cada partido izquierdista tenía sus aspiraciones, a menudo incompatibles con las demás.
El tercer mito pretende que desde el primer momento la derecha, llamada indiscriminadamente "reaccionaria" o "fascista", conspiró para destruir el proyecto de democracia, adjetivado generalmente como "progresista y reformadora". En realidad, la República no llegó por sus propios méritos, sino porque la derecha monárquica, simplemente, le entregó el poder pacíficamente, después de unas simples elecciones municipales que, además, había ganado. La República comenzó, así, con nula oposición de unas derechas desorganizadas en aquellos momentos. Sólo empezó una reacción, muy tímida, después de las jornadas de quema de iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza promovidas por las izquierdas e, indirectamente, por el nuevo Gobierno republicano; y después de los ataques y condenas demagógicas a Alfonso XIII, a quien, en realidad, debían el poder los republicanos. Y hasta el final de la República el grueso absoluto de la derecha se atuvo, como veremos, a la ley republicana, aunque no le gustase.