Agradece a este podcast tantas horas de entretenimiento y disfruta de episodios exclusivos como éste. ¡Apóyale en iVoox! Vamos a ocuparnos de la Economía del organismo llamado Civilización Occidental, es
decir, Europa y sus colonias Culturales esparcidas por el mundo, en una palabra: el Mundo
Blanco. Decíamos en una ocasión 1
que “es preciso hacer una distinción entre mundo civilizado
y mundo incivilizado, subdesarrollado, subcapaz o como quiera llamársele”. Añadíamos que
para los subdesarrollados, en las presentes condiciones y para muchos siglos aún, no existía
solución para sus problemas económicos, aún contando con recursos fabulosos e inexplotados y
con la ayuda, a fondo perdido, que les prestan los Estados Unidos, Europa y las organizaciones
mundialistas, y, con miras de influencia política, los países del llamado bloque comunista. Lo
razonábamos amparándonos en que la Economía estaba subordinada a la Raza -que podíamos
calificar como “las señas de identidad del organismo político”, y concluíamos que “una
explotación, industrial o minera, dirigida por ingleses, italianos, alemanes o suecos, tendrá,
probablemente, éxito, mientras que la misma explotación, dirigida por bantúes, mambaras o
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nepaleses será un fracaso total”. Agravábamos nuestro caso, y consideramos un deber reiterarlo
aquí y ahora, al afirmar que el espectáculo de un paria muriéndose de hambre ante una vaca
sagrada o de otro indio cualquiera tumbado en un suelo feraz que no se cultiva para no arañar a
la Madre Tierra y que los dioses no entren en cólera, nos deja completamente indiferentes.
La razón de tal indiferencia es doble: en primer lugar, porque participamos de la
anticuada creencia de que antes de solucionar los problemas de los demás, hay que solucionar los
propios, máxime cuando los pueblos de color no desperdician oportunidad para recordarnos que
ahora son “independientes” 2
y para achacarnos la culpa de todas sus miserias; en segundo lugar ,
porque la felicidad no puede exportarse. La felicidad, es decir , la propia realización es algo
absolutamente personal, tanto a nivel del ser humano como al de una Cultura Superior. Lo que
satisface plenamente a un europeo, puede dejar insatisfecho a un japonés, y recíprocamente. Y ya
escogemos como ejemplo al extranjero que más cerca se halla, salvando distancias y niveles, del
Occidental. Hemos visto, en Africa del Sur, a cafres con pendientes en las narices, pilotando
rutilantes “Mercedes”, vistiendo impecables trajes europeos, y descalzos. Dichos cafres habitan
en chozas idénticas a las que pueden verse junto al Aeropuerto de Kinshasa (la antigua
Leopoldville), que a su vez deben ser iguales a las que construían sus antepasados mil años ha.
Allí donde el blanco impuso, en la época colonial, iglesias, hospitales y carreteras, vuelven
rápidamente los hechiceros, los magos y los senderos de cabra. La higiene es consustancial con
el europeo: bastante menos con el asiático; a los árabes se les deben imponer, bajo severísimo
precepto religioso, las abluciones, y en los barrios y ciudades negras de todo el mundo, bajo
climas y circunstancias diversos, desde Johannesburgo hasta Nueva York, y desde Nairobi hasta
King's Cross (Sydney, Australia) la suciedad es proverbial, sin que en ello influya para nada la
supuesta -y desde luego falsa- pobreza del negro. Finalmente, en vez de tantas estadísticas de
niños de color que no pueden comer tanto como quisieran, acompañadas de fotografías
esperpénticas y desgarradoras que buscan provocar la dirigida compasión del ingenuo ario,
convendría que se nos facilitara un estudio, frío y objetivo, acerca de qué han hecho los pueblos
mendigos desde que “obtuvieron” -vamos a decirlo así- su sagrada independencia. Por que nada
encontramos más grotesco ni más cínico que esas campañas para aliviar el hambre en la India,
mientras el Gobierno de ese país anuncia a bombo y platillo, en la prensa mundial, que ya cuenta
con la bomba atómica. Y las plañideras contables del Kremlin, de los innumerables partidos
socialistas y de las diversas religiones positivas, que tanto se preocupan de calcular cuántos
hospitales podrían construirse en Africa Negra y cuántos amarillos podrían comer durante seis
meses con el dinero que costó uno sólo de los proyectos espaciales, desaprovechan tan excelente
ocasión para ilustrar al pacífico Gobierno Indio sobre la cantidad de parias que podrían
alimentarse opíparamente con el dinero que les costó su flamante bomba atómica.
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