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Este breve relato erótico de Luis Soler cuenta la historia de un joven con dudas al respecto de su fe. Aquí un fragmento:
Ricardo salió del cuarto con la cabeza baja y con serias dudas. Lo que sentía es estar desubicado, en un lugar que no era el suyo. Su padre, marinero, lo mantenía lejos del hogar por largos periodos de tiempo. Su madre, enfermiza, estaba al cuidado de sus abuelos de manera que él había sido desplazado por los acontecimientos al cuidado de una tía muy católica que lo había empujado a un destierro religioso en una alejada zona rural de la isla. Ricardo se sentía náufrago de muchas cosas y no veía en la iglesia ningún bálsamo.
Despuntaba el día y el padre Marcelino le envió a recoger víveres de la granja que hay cerca de la cala, esa playita solitaria a la que le gustaba escaparse de vez en cuando para nadar desnudo. En el polvoriento camino iba atisbando ya el perfil de la gran casa blanca, medio escondida entre enormes pinos. Un poco más allá estaban los establos, el gallinero y a medio kilómetro una gran era donde se batía el grano de la paja. El sonido de las primeras cigarras que cantaban al calor se hacía más nítido a medida que se acercaba. Le llamó la atención que hubiera una camioneta aparcada en la entrada. Al parecer los propietarios habrían venido unos días de vacaciones.
Al acercarse a la puerta de la cocina esperó encontrar a la vieja esposa del payés que cuidaba el ganado. Pero salió una bella joven.
By Cadena SEREste breve relato erótico de Luis Soler cuenta la historia de un joven con dudas al respecto de su fe. Aquí un fragmento:
Ricardo salió del cuarto con la cabeza baja y con serias dudas. Lo que sentía es estar desubicado, en un lugar que no era el suyo. Su padre, marinero, lo mantenía lejos del hogar por largos periodos de tiempo. Su madre, enfermiza, estaba al cuidado de sus abuelos de manera que él había sido desplazado por los acontecimientos al cuidado de una tía muy católica que lo había empujado a un destierro religioso en una alejada zona rural de la isla. Ricardo se sentía náufrago de muchas cosas y no veía en la iglesia ningún bálsamo.
Despuntaba el día y el padre Marcelino le envió a recoger víveres de la granja que hay cerca de la cala, esa playita solitaria a la que le gustaba escaparse de vez en cuando para nadar desnudo. En el polvoriento camino iba atisbando ya el perfil de la gran casa blanca, medio escondida entre enormes pinos. Un poco más allá estaban los establos, el gallinero y a medio kilómetro una gran era donde se batía el grano de la paja. El sonido de las primeras cigarras que cantaban al calor se hacía más nítido a medida que se acercaba. Le llamó la atención que hubiera una camioneta aparcada en la entrada. Al parecer los propietarios habrían venido unos días de vacaciones.
Al acercarse a la puerta de la cocina esperó encontrar a la vieja esposa del payés que cuidaba el ganado. Pero salió una bella joven.