Roberto Matta no quería ser llamado pintor. Prefería una palabra más extraña: montreur, el que muestra. Arquitecto de formación, surrealista por destino y chileno en fuga permanente, dedicó su obra a cartografiar aquello que todavía no tenía nombre: el inconsciente, la historia, la violencia, el deseo y los espacios invisibles que se habitan.