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El Roots Reggae nació en Jamaica a finales de los años sesenta, en medio de un hervidero social, espiritual y político. No fue solo una evolución del rocksteady o del ska, sino una respuesta sonora a las condiciones de vida en los barrios pobres de Kingston, donde la desigualdad, la violencia y la búsqueda de identidad se entrelazaban con la fe, la resistencia y la esperanza. Sus ritmos lentos, graves y espaciados no eran meramente estéticos: eran un latido deliberado, una forma de hacer respirar al oyente, de invitarlo a escuchar con el cuerpo y no solo con los oídos.
En el centro de este sonido estaba el bajo, que dejó de ser un acompañante para convertirse en narrador principal. Subía y bajaba como una oración, trazando líneas melódicas que sostenían todo lo demás. Las guitarras marcaban tiempos secos o punteaban con eco, como si las notas se resistieran a morir del todo. Los teclados añadían texturas espirituales, y la percusión, especialmente los hi-hats y los toms, creaban un ritmo que parecía imitar el paso lento pero firme de alguien que camina hacia la verdad.
Pero lo que verdaderamente definió al Roots Reggae fue su mensaje. Inspirado profundamente por la doctrina rastafari, el género se convirtió en un vehículo para hablar de repatriación, de justicia divina, de crítica al sistema opresor —llamado “Babilonia”— y de la exaltación de Haile Selassie I como figura mesiánica. Cantantes como Burning Spear, Culture, y, sobre todo, Bob Marley y The Wailers, no solo entonaban melodías: predicaban con su voz, denunciaban con sus letras y ofrecían consuelo con sus armonías.
Las canciones no buscaban entretener, aunque muchas veces lo lograban; buscaban despertar. Eran himnos para quienes se sentían invisibles, salmos para los marginados, y mapas sonoros hacia una conciencia más elevada. En los sound systems de los ghettos, en las fiestas callejeras y en las grabaciones que viajaban en cintas de casete de mano en mano, el Roots Reggae se convirtió en una forma de resistencia cultural, espiritual y musical.
Con el tiempo, su influencia trascendió las islas del Caribe y llegó a rincones del mundo donde también había lucha y anhelo de dignidad. Aunque otras corrientes del reggae surgieron después —dancehall, lovers rock, reggae digital—, el roots permaneció como el tronco firme del que todo brotó, una raíz viva que sigue alimentando a quienes creen que la música puede, al mismo tiempo, sanar y rebelarse.
El Roots Reggae nunca se quedó encerrado entre los límites del altavoz o el estudio de grabación. Su vibración se extendió como una corriente subterránea que fue moldeando, con sutileza y persistencia, otros terrenos culturales. En la literatura, su eco se escucha en las voces que eligieron el patois jamaicano como lengua literaria o que adoptaron su ritmo narrativo: pausado, circular, cargado de imágenes bíblicas y metáforas de liberación. Autores como Linton Kwesi Johnson transformaron el poema en canto rítmico, fusionando el discurso político con la cadencia del dub, demostrando que las palabras también podían ser un instrumento de resistencia, alineadas con el bajo y el eco del tambor.
En el cine, el Roots Reggae aportó más que banda sonora: aportó atmósfera, ideología, incluso estética visual. Películas como The Harder They Come no solo presentaron al mundo el rostro humano del ghetto jamaicano, sino que enlazaron imagen y sonido de forma inseparable. Directores posteriores, desde John Carpenter hasta Jim Jarmusch, usaron samples o composiciones inspiradas en el reggae para evocar tensión, espiritualidad o rebeldía silenciosa. En cineastas del Caribe y África, la influencia fue aún más profunda: el reggae se convirtió en lenguaje simbólico, en banda sonora de historias sobre colonización, identidad y resistencia cultural.
La moda, por su parte, absorbió los símbolos del movimiento rastafari como parte de un código visual universal: los colores rojo, dorado y verde dejaron de ser solo nacionales para convertirse en emblemas de conciencia negra, espiritualidad y orgullo africano. Las rastas, en un principio signo de fe y rechazo al sistema, fueron adoptadas —a veces con respeto, a veces de forma superficial— por generaciones que buscaban una estética de rebeldía auténtica. Las túnicas, los turbantes, las joyas de madera y conchas, todo se entretejió en una estética que trascendió lo folclórico para convertirse en una declaración de pertenencia a una cosmovisión.
Y en la música, la huella del Roots Reggae es inmensa. El punk británico de finales de los setenta no solo compartió escenario con bandas reggae, sino que bebió de su actitud confrontacional y de su crítica social. El hip hop norteamericano tomó prestado su arte del toasting —el precursor del rap— y su relación con los sound systems. Artistas de soul, funk, jazz y hasta rock incorporaron sus grooves, sus líneas de bajo y su ética de mensaje consciente. En África, músicos como Fela Kuti dialogaron con el reggae en una conversación panafricana que unía luchas contra la neocolonización. Hoy, desde el trip-hop hasta ciertos rincones del indie, se escuchan reverberaciones del roots: un eco lento, espiritual y rebelde que sigue recordando que la música puede, y debe, decir algo más que entretener.
En el corazón del Roots Reggae late una orquestación minimalista pero profundamente expresiva, donde cada instrumento cumple un rol casi ritual. El bajo no solo acompaña: lidera. Con líneas melódicas anchas, resonantes y a menudo repetitivas, el bajo en el Roots Reggae camina con peso y propósito, como si arrastrara consigo siglos de historia, dolor y esperanza. Fue en este género donde el bajo se liberó de su función rítmica tradicional para convertirse en narrador principal, y bajistas como Robbie Shakespeare, Aston “Family Man” Barrett o Leroy Sibbles se convirtieron en arquitectos del alma del sonido.
La guitarra, en cambio, se mantiene en segundo plano, pero con una presencia inconfundible. Su rasgueo, conocido como “skank”, es seco, cortante y rítmico, a menudo golpeando en los tiempos débiles —en el “and” del compás— para crear esa tensión característica que hace que el cuerpo se mueva sin querer. A veces se apoya en el eco o el delay, dejando que las notas reboten como pensamientos que regresan.
La batería en el Roots Reggae tiene un enfoque distinto al del rock o el funk. El acento recae en el tercer tiempo del compás, lo que se conoce como el “one drop”, donde el bombo se retira momentáneamente y el acento lo lleva el cencerro o el hi-hat, generando una sensación de suspensión, de flotación espiritual. Otros patrones, como el “rockers” o el “steppers”, añaden más impulso, pero siempre con una cadencia meditativa, nunca apresurada.
Los teclados —ya sea órgano, piano o sintetizador— aportan textura y atmósfera. El órgano Hammond, en particular, se usa para crear capas etéreas o para insertar riffs breves que resuenan como cantos de iglesia. El eco y la reverberación no son efectos secundarios, sino elementos compositivos esenciales, heredados del dub, que dilatan el tiempo y espacian las frases musicales, invitando a la introspección.
Y aunque menos visible, el percusionista también tiene un papel sagrado: con shakers, congas, bongós o incluso simples palos sobre cajas, añade capas rítmicas que evocan raíces africanas y rituales, conectando lo terrenal con lo divino. Todo junto —bajo profundo, guitarra cortante, batería hipnótica, teclados vaporosos y percusión ancestral— se entrelaza en una textura sonora que no busca impresionar, sino elevar.
Es todo por hoy.
Disfruten del mix que les comparto.
Chau, BlurtMedia…
https://img.blurt.world/blurtimage/paulindstrom/a4ca48f8252d57129ab76b747cd3f5b6b6208eae.gif
By SiberiannEl Roots Reggae nació en Jamaica a finales de los años sesenta, en medio de un hervidero social, espiritual y político. No fue solo una evolución del rocksteady o del ska, sino una respuesta sonora a las condiciones de vida en los barrios pobres de Kingston, donde la desigualdad, la violencia y la búsqueda de identidad se entrelazaban con la fe, la resistencia y la esperanza. Sus ritmos lentos, graves y espaciados no eran meramente estéticos: eran un latido deliberado, una forma de hacer respirar al oyente, de invitarlo a escuchar con el cuerpo y no solo con los oídos.
En el centro de este sonido estaba el bajo, que dejó de ser un acompañante para convertirse en narrador principal. Subía y bajaba como una oración, trazando líneas melódicas que sostenían todo lo demás. Las guitarras marcaban tiempos secos o punteaban con eco, como si las notas se resistieran a morir del todo. Los teclados añadían texturas espirituales, y la percusión, especialmente los hi-hats y los toms, creaban un ritmo que parecía imitar el paso lento pero firme de alguien que camina hacia la verdad.
Pero lo que verdaderamente definió al Roots Reggae fue su mensaje. Inspirado profundamente por la doctrina rastafari, el género se convirtió en un vehículo para hablar de repatriación, de justicia divina, de crítica al sistema opresor —llamado “Babilonia”— y de la exaltación de Haile Selassie I como figura mesiánica. Cantantes como Burning Spear, Culture, y, sobre todo, Bob Marley y The Wailers, no solo entonaban melodías: predicaban con su voz, denunciaban con sus letras y ofrecían consuelo con sus armonías.
Las canciones no buscaban entretener, aunque muchas veces lo lograban; buscaban despertar. Eran himnos para quienes se sentían invisibles, salmos para los marginados, y mapas sonoros hacia una conciencia más elevada. En los sound systems de los ghettos, en las fiestas callejeras y en las grabaciones que viajaban en cintas de casete de mano en mano, el Roots Reggae se convirtió en una forma de resistencia cultural, espiritual y musical.
Con el tiempo, su influencia trascendió las islas del Caribe y llegó a rincones del mundo donde también había lucha y anhelo de dignidad. Aunque otras corrientes del reggae surgieron después —dancehall, lovers rock, reggae digital—, el roots permaneció como el tronco firme del que todo brotó, una raíz viva que sigue alimentando a quienes creen que la música puede, al mismo tiempo, sanar y rebelarse.
El Roots Reggae nunca se quedó encerrado entre los límites del altavoz o el estudio de grabación. Su vibración se extendió como una corriente subterránea que fue moldeando, con sutileza y persistencia, otros terrenos culturales. En la literatura, su eco se escucha en las voces que eligieron el patois jamaicano como lengua literaria o que adoptaron su ritmo narrativo: pausado, circular, cargado de imágenes bíblicas y metáforas de liberación. Autores como Linton Kwesi Johnson transformaron el poema en canto rítmico, fusionando el discurso político con la cadencia del dub, demostrando que las palabras también podían ser un instrumento de resistencia, alineadas con el bajo y el eco del tambor.
En el cine, el Roots Reggae aportó más que banda sonora: aportó atmósfera, ideología, incluso estética visual. Películas como The Harder They Come no solo presentaron al mundo el rostro humano del ghetto jamaicano, sino que enlazaron imagen y sonido de forma inseparable. Directores posteriores, desde John Carpenter hasta Jim Jarmusch, usaron samples o composiciones inspiradas en el reggae para evocar tensión, espiritualidad o rebeldía silenciosa. En cineastas del Caribe y África, la influencia fue aún más profunda: el reggae se convirtió en lenguaje simbólico, en banda sonora de historias sobre colonización, identidad y resistencia cultural.
La moda, por su parte, absorbió los símbolos del movimiento rastafari como parte de un código visual universal: los colores rojo, dorado y verde dejaron de ser solo nacionales para convertirse en emblemas de conciencia negra, espiritualidad y orgullo africano. Las rastas, en un principio signo de fe y rechazo al sistema, fueron adoptadas —a veces con respeto, a veces de forma superficial— por generaciones que buscaban una estética de rebeldía auténtica. Las túnicas, los turbantes, las joyas de madera y conchas, todo se entretejió en una estética que trascendió lo folclórico para convertirse en una declaración de pertenencia a una cosmovisión.
Y en la música, la huella del Roots Reggae es inmensa. El punk británico de finales de los setenta no solo compartió escenario con bandas reggae, sino que bebió de su actitud confrontacional y de su crítica social. El hip hop norteamericano tomó prestado su arte del toasting —el precursor del rap— y su relación con los sound systems. Artistas de soul, funk, jazz y hasta rock incorporaron sus grooves, sus líneas de bajo y su ética de mensaje consciente. En África, músicos como Fela Kuti dialogaron con el reggae en una conversación panafricana que unía luchas contra la neocolonización. Hoy, desde el trip-hop hasta ciertos rincones del indie, se escuchan reverberaciones del roots: un eco lento, espiritual y rebelde que sigue recordando que la música puede, y debe, decir algo más que entretener.
En el corazón del Roots Reggae late una orquestación minimalista pero profundamente expresiva, donde cada instrumento cumple un rol casi ritual. El bajo no solo acompaña: lidera. Con líneas melódicas anchas, resonantes y a menudo repetitivas, el bajo en el Roots Reggae camina con peso y propósito, como si arrastrara consigo siglos de historia, dolor y esperanza. Fue en este género donde el bajo se liberó de su función rítmica tradicional para convertirse en narrador principal, y bajistas como Robbie Shakespeare, Aston “Family Man” Barrett o Leroy Sibbles se convirtieron en arquitectos del alma del sonido.
La guitarra, en cambio, se mantiene en segundo plano, pero con una presencia inconfundible. Su rasgueo, conocido como “skank”, es seco, cortante y rítmico, a menudo golpeando en los tiempos débiles —en el “and” del compás— para crear esa tensión característica que hace que el cuerpo se mueva sin querer. A veces se apoya en el eco o el delay, dejando que las notas reboten como pensamientos que regresan.
La batería en el Roots Reggae tiene un enfoque distinto al del rock o el funk. El acento recae en el tercer tiempo del compás, lo que se conoce como el “one drop”, donde el bombo se retira momentáneamente y el acento lo lleva el cencerro o el hi-hat, generando una sensación de suspensión, de flotación espiritual. Otros patrones, como el “rockers” o el “steppers”, añaden más impulso, pero siempre con una cadencia meditativa, nunca apresurada.
Los teclados —ya sea órgano, piano o sintetizador— aportan textura y atmósfera. El órgano Hammond, en particular, se usa para crear capas etéreas o para insertar riffs breves que resuenan como cantos de iglesia. El eco y la reverberación no son efectos secundarios, sino elementos compositivos esenciales, heredados del dub, que dilatan el tiempo y espacian las frases musicales, invitando a la introspección.
Y aunque menos visible, el percusionista también tiene un papel sagrado: con shakers, congas, bongós o incluso simples palos sobre cajas, añade capas rítmicas que evocan raíces africanas y rituales, conectando lo terrenal con lo divino. Todo junto —bajo profundo, guitarra cortante, batería hipnótica, teclados vaporosos y percusión ancestral— se entrelaza en una textura sonora que no busca impresionar, sino elevar.
Es todo por hoy.
Disfruten del mix que les comparto.
Chau, BlurtMedia…
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