Inauguramos una nueva serie especial: Los Intelectuales. Analizamos a las figuras que, con sus ideas, moldearon (para bien o para mal) el mundo contemporáneo. Y no hay mejor comienzo que Jean-Jacques Rousseau: el primero de los intelectuales modernos, su arquetipo y, en muchos sentidos, el más influyente de todos.
Paul Johnson, prestigioso historiador británico, lo calificó así en su obra "Intelectuales", y no lo decía como un cumplido. Hoy exploramos la otra cara de Rousseau, raramente examinada con la profundidad que merece: su herencia negativa.
La hipocresía fundacional: Rousseau escribió "Emilio", el tratado pedagógico más influyente de la historia, defendiendo apasionadamente la educación y la responsabilidad parental. Declaró: "Quien no puede cumplir los deberes de padre no tiene derecho a serlo". ¿Y qué hizo? Abandonó a sus cinco hijos en orfanatos públicos nada más nacer. En esos orfanatos del siglo XVIII, entre el 80-83% de los niños morían antes de cumplir un año. Rousseau, en esencia, condenó a muerte a sus propios hijos.
Rousseau estableció un patrón que seguirían generaciones de intelectuales: amar a la humanidad en abstracto mientras se desprecia o maltrata a las personas concretas. Como dijo Edmund Burke: "La vanidad era el vicio que poseía en un grado rayano en la locura".
"Se le obligará a ser libre": El concepto de voluntad general en "El Contrato Social" contiene en germen todas las características del totalitarismo moderno. La frase más escalofriante de la filosofía política: quien se niegue a obedecer la voluntad general "se le obligará a ser libre". Esta paradoja orwelliana, dos siglos antes de Orwell, encierra la semilla de todos los totalitarismos que vendrían.
Jacob Talmon acuñó el término "democracia totalitaria" específicamente para describir el legado de Rousseau. Karl Popper lo situó entre los pensadores que prepararon el terreno para las dictaduras del siglo XX. Isaiah Berlin identificó en su concepto de "libertad positiva" la coartada intelectual para las más brutales experiencias totalitarias.
De Rousseau a la guillotina: La conexión con el Terror jacobino es directa y documentada. Robespierre era devoto discípulo de Rousseau: "Es el único hombre digno del papel de maestro de la humanidad". El Comité de Salvación Pública aplicaba sistemáticamente las ideas roussonianas: extirpar del cuerpo social a cualquiera que pudiera pensar contra la República. Como la enfermedad reside en la cabeza, se separaba literalmente la cabeza del cuerpo mediante la guillotina. La guillotina como medicina social.
La religión civil: Rousseau propone que el Estado debe establecer una religión oficial con dogmas obligatorios. Quien no crea en esta religión civil debe ser expulsado de la ciudad. Los dogmas incluyen "la santidad del contrato social y de las leyes". El Estado mismo se convierte en objeto de veneración religiosa. Este concepto prefigura los cultos a la personalidad y las religiones políticas de los totalitarismos del siglo XX.
Contra la propiedad privada: "El primero que habiendo cercado un terreno dijo 'esto me pertenece' fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Cuántos crímenes habría ahorrado quien hubiese gritado: guardaos de este impostor". Marx reconoció explícitamente su deuda con Rousseau en este punto. La idea de que la propiedad privada es la fuente de todos los males sociales viene directamente de aquí.
¿Quiénes encarnaron la "voluntad general"? Hitler (ein Volk, ein Reich, ein Führer), Mussolini (la encarnación de Italia), Lenin (el que conocía la voluntad del proletariado mejor que el propio proletariado), Stalin, Mao, Pol Pot (1,7-2 millones de muertos en 4 años aplicando un ideal comunista agrario roussoniano), la dinastía Kim en Corea del Norte. Todos afirmaron encarnar la voluntad general del pueblo.
El sentimiento sobre la razón: En plena Ilustración, Rousseau se rebeló contra la razón: "El hombre que piensa es un animal depravado". Esta celebración del sentimiento sobre el razonamiento lógico abrió la puerta al romanticismo y los nacionalismos exacerbados. El culto a la autenticidad emocional justificó fanatismos desde el ultranacionalismo hasta los totalitarismos.
El legado presente: Cada vez que alguien apela a una voluntad popular indivisible que no admite matices, está invocando a Rousseau. Cuando se pretende que existe un bien común objetivo que justifica silenciar voces disidentes, ahí está Rousseau. El populismo contemporáneo, de izquierdas y derechas, bebe abundantemente de estas fuentes.
Las ideas tienen consecuencias. Las teorías de Rousseau contribuyeron al Terror jacobino, inspiraron experimentos colectivistas que causaron millones de muertos, alimentaron fanatismos de todo tipo. De aquellos polvos que Rousseau sembró en el siglo XVIII vinieron lodos muy amargos en los siglos posteriores.
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"De aquellos polvos", el podcast donde buscamos las raíces históricas de los grandes conflictos de nuestro tiempo.