El pasado sábado, en el municipio almeriense de Huércal-Overa, tuvo
lugar la beatificación de Salvador Valera Parra, conocido como el Cura
Valera. La carta pastoral con motivo de este acontecimiento fue firmada
por tres obispos: el de Almería, Antonio Gómez Cantero; el de Cartagena,
José Manuel Lorca; y el de Getafe, Ginés García Beltrán. Los dos
primeros tienen que ver con las diócesis en las diócesis en las que
sirvió Salvador Valera; el tercero, Don Ginés, resulta que es hijo de
Huércal-Overa, y sus hermanos han tenido la delicadeza de pedirle que
portara en procesión un relicario del nuevo beato. En vísperas de la
beatificación, monseñor García Beltrán dijo que llevaría en sus manos a
todo su pueblo, a sus padres y abuelos, a los que soñaron con este día.
Porque en este pueblo de Almería, muy cercano también a la Región de Murcia, todos estaban ciertos de que su cura Valera era un santo, pero
han tenido la santa paciencia de esperar más de 130 años para que la
Iglesia lo proclamase. ¡Qué espectáculo ver a ese pueblo el pasado
sábado!
Salvador Valera vivió en ese áspero siglo XIX en el que
se incubaron tantas cosas para nuestra nación, buenas y malas. Fue un
cura de pueblo, al estilo del cura de Ars, pero en mediterráneo. No
desplegó grandes discursos, ni emprendió grandes reformas ni puso en
marcha obras sociales. Su vida proclamaba en silencio la primacía de
Dios, y que sólo en Él se ordena nuestra vida y, y sólo Él nos lleva a
los demás. Y así todos recuerdan su actuación en la sublevación de los
presos en el penal de Cartagena, o durante la epidemia de cólera que
asolaba la zona, sus visitas constantes a los enfermos, su generosidad
con los pobres, sus horas de confesonario.
Por supuesto,
Salvador Valera dio su “sí” personal e intransferible a la llamada de
Dios, pero pudo hacerlo porque fue hijo de la buena tierra de la
Iglesia, en una época quizás no especialmente brillante. Seguro que
también hoy, lejos del ruido y de las polémicas, siguen germinando los
santos. Esta historia continúa.