Papa ha celebrado esta semana su primer consistorio extraordinario. A
partir de la imagen bíblica de la luz y de la herencia del Concilio
Vaticano II, pedía una Iglesia llamada no a imponerse, sino a atraer
por el amor de Cristo.
Durante
la Eucaristía con los cardenales, León XIV se detuvo en la
explicación de la palabra Consistorio: consistere,
detenerse. En una sociedad frenética, donde todo parece medirse por
la velocidad y la eficacia, el simple hecho de suspender la agenda
para orar, escuchar y reflexionar juntos se convertía en un gesto
profético. Detenerse no como renuncia, sino como acto de amor.
Detenerse para no correr a ciegas, para no “dar golpes en el aire”,
como decía san Pablo sino para volver a enfocar la mirada en la
meta.
XIV ha puesto el acento en la unidad, la escucha y la sinodalidad
como caminos de esperanza, recordando que solo la caridad compartida
puede mantener viva y hacer creíble la misión de la Iglesia en el
Pontífice nos ha mostrado la continuidad discreta con sus
predecesores. En esta línea, reflexionaba sobre la atracción,
recordándonos que la Iglesia no crece por proselitismo, sino por la
fuerza del amor que atrae: “no es la Iglesia la que atrae sino
Cristo”; y nuestra credibilidad depende de que la savia de la
caridad circule por el canal de comunidades reales, palpables, que se
claves que nos ha dejado ver son su preocupación por la unidad, la
fraternidad concreta, el vínculo dulce del que hablaba san Agustín;
y también la sinodalidad entendida como escucha operativa,
verdadera, esa escucha que se convierte en un estilo de vida.
El
estilo que nos ha dejado ver León XIV nos recuerda que la esperanza
cristiana no nace de las estadísticas ni de los equilibrios de
poder, sino de la fidelidad a lo esencial: escucharse, caminar
juntos, cuidarse mutuamente. Todo ello con el hilo conductor del amor
trinitario, relacional, que hace de la Iglesia casa y escuela de
todo ello este Cónclave ha sido tan importante y providencial
dejándonos ver una Iglesia cuya cabeza. Pedro, hoy, León XIV juntos
a sus actuales apóstoles, los cardenales, se han detenido y reunido
para orar, para escucharse, para amar y, desde ahí, volverse a poner
en camino. Sin ruido, sin prisas, dejando que sea Dios quien lleve a
cabo su obra en medio de nuestra fragilidad.