amigo mío, sacerdote de la Fraternidad de San Carlos Borromeo, ha
llegado recientemente a Chile para trabajar en una inmensa parroquia
de la periferia de Santiago, y desde allí ha mandado una carta con
sus primeras experiencias. Habla de lo que supone para él un nuevo
comienzo: cambiar de continente, de horarios, de compañeros, de
modos de hacer… es una aventura que se resume en la pregunta de
Nicodemo a Jesús: “¿podrá un hombre volver a nacer siendo
viejo?”. La carta deja ver que, con ayuda de la gracia de Dios, sí
es posible. Habla sin agobio de las dimensiones impactantes de su
parroquia: ocho sacerdotes para ciento quince mil habitantes
distribuidos en siete capillas. En 2025 contabilizaron quinientos
bautizos, entre niños, jóvenes y adultos, pero la sensación sigue
siendo la de que es una gota en el mar.
A
los dos días de su llegada, le pidieron acudir a casa de una anciana
que llevaba años sin recibir los sacramentos. Le dijo que había
venido para rezar con ella y que, si lo deseaba, podía confesarse y
recibir la unción de los enfermos. La anciana le dijo que sí, y
tras recibirla con paz y alegría, le susurró: “padre, sabe, aquí
en Chile yo le estaba esperando”. No me extraña que a mi amigo le
diese un vuelco el corazón.
Otro
episodio tuvo lugar en una capilla. Durante la adoración descubrió
a dos chavales que entraron y se quedaron mirando. Le dijeron que no
estaban bautizados y no sabían qué era aquel lugar, pero les
parecía “un sitio muy lindo, que da paz”. No sabían nada del
cristianismo. Mi amigo escribe que, en un arrebato de locura, les
invito a arrodillarse con él delante del Santísimo. Ellos aceptaron
rápidamente, con la mirada fija en la forma consagrada. Después les
dijo que los católicos creemos que en ese trozo de pan está Dios,
es decir, la felicidad de la vida de cada uno de nosotros. Ellos le
respondieron con los ojos como platos: “entonces tenemos que
conocerle”. Desde entonces vienen a menudo a la misa de la tarde,
la carta diciendo que lleva consigo la memoria de los amigos que ha
dejado aquí, con la gratitud por todo lo que ha recibido… y que
ahora le toca compartir allá, casi en el fin del mundo. Feliz año