Posiblemente nuestros oyentes habrán escuchado los reclamos de la
campaña de Navidad de la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia
Necesitada, que asumimos como propia en COPE y en Trece, que este año
pone el foco en los tres millones de catequistas que hay en el mundo. En
países como España los encontramos en las parroquias al frente de
grupos de preparación para recibir los sacramentos de la eucaristía, la
confirmación o el matrimonio, pero también como responsables de la
formación diversos grupos de jóvenes o adultos. La campaña de AIN se
fija sobre todo en aquellos lugares donde los catequistas son casi la
única presencia de la Iglesia entre la gente.
Ellos son quienes
visitan aldeas remotas para celebrar la Liturgia de la Palabra y quienes
sostienen material y espiritualmente a pequeñas comunidades dispersas
en territorios de misión, o en lugares donde los cristianos son víctimas
de la persecución. La campaña ofrece testimonios como el de Peter, en
Sudán del Sur; el de Babu, en Pakistán; o los de Dirce y Leni, en la
Amazonía brasileña. Ninguno de ellos es diplomado en teología, son
hombres y mujeres muy sencillos que viven literalmente de la fe y que no
quieren dejar de compartir su mayor tesoro con el pueblo al que
pertenecen. Son enviados, pero no son meros “delegados”, en ellos se
hace presente la Iglesia entera con toda su propuesta de vida, con toda
su belleza y verdad, y también con el riesgo que conlleva ofrecerla a la
libertad de todos.
En 2024, AIN financió más de 800
proyectos para sostener a estos catequistas, a veces en condiciones
inenarrables. ámbito. Necesitan formación continua, materiales para la
catequesis, como Biblias infantiles, y medios de transporte, como
bicicletas, motos, coches e incluso lanchas, para llegar hasta el último
rincón con el anuncio de la Palabra y el testimonio de la vida que nace
de acogerla. Y no olvidemos que estos catequistas sostienen con su
trabajo a sus propias familias. Ellos son un rasgo elocuente del rostro
de la Iglesia, una parte indispensable de su cuerpo viviente. Es una
dicha poder contribuir a sostener su coraje, su fe cotidiana, su misión.