Agustina de Aragón murió en Ceuta en 1857, pero su nombre sigue vivo como la artillera que desafió a un imperio y encendió la chispa de la libertad. Durante la Guerra de la Independencia Española, en 1808, los ejércitos napoleónicos sitiaron Zaragoza. En medio del caos, cuando los soldados españoles caían y los franceses avanzaban, Agustina tomó la mecha y encendió el cañón que defendía la puerta del Portillo. Su valentía encendió también el espíritu de resistencia del pueblo. Ese gesto la convirtió en símbolo de coraje y patriotismo, una figura que rompió los moldes de su tiempo. Participó en otros combates, fue capturada, escapó, y siguió luchando hasta el final de la guerra, demostrando que el heroísmo no tenía género.