Hubo un tiempo en que el domingo no era sinónimo de descanso. En las calles, las manos obreras seguían tejiendo, cortando, cargando, como si el calendario no conociera pausas. Chile, a comienzos del siglo XX, era un país que crecía con prisa: fábricas encendidas, puertos que no dormían, minas que devoraban el día y la noche por igual. Pero también era un país que empezaba a mirar de frente a sus trabajadores, a reconocer en ellos no solo fuerza y producción, sino humanidad y derechos.