Sacaron al exterior la música de la polvorienta y ardiente
atmósfera de los ingenios azucareros coloniales. Recostada la espalda contra
las paredes que habían permanecido en sombra durante la tarde, las zonas
levemente frescas del llamado batey, el espacio con las vivienda de las
peonadas y también las secciones industriales —calderas, trapiche, barracones,
almacenes...—, los jíbaros campesinos de Puerto Rico tocaban el cuatro,
instrumento de cuerda de origen español, no muy difícil de tañer con una mínima
eficacia.
Los jíbaros, gente apesadumbrada, callada cuando no
hay ron por medio, con un sentido del honor campesino y ancestral, tendencia a
la promiscuidad y el orgullo racial, cantaban con honradez sobre los temas que
siempre han acompañado al ser humano en el peregrinar por el mundo o los
quebrantos de la vida. Hablaban también, con ironía de soportable grosería,
sobre el paisaje; el verdor casi imposible de la isla; el deseo carnal; el amor
militante por una o varias mujeres, y el animal que, con más rigor y poesía que
la bandera, simboliza a la nación, el coquí,
rana mínima privativa de la isla. Nace desde el huevo, sin pasar por el estado
de larva y empieza su vida cantando
dos sílabas de una simple belleza muy jíbara: CO, para ahuyentar a
machos competidores, y QUI para llamar a hembras con ganas de juerga...
Flor Morales Ramos, a quien un locutor de radio bautizó
por segunda vez como Ramito, el Cantor de la Montaña —puede
obviarse la adenda explicativa y dejarlo, así lo prefería él, en el diminutivo
vegetal que remite al apellido materno y también nos invita a imaginar
plataneros, fondos de quebrada, riberas de torrente...— vivió entre 1915 y
1989, casi siempre en la zona central y montañosa de la sorprendente isla, de
geología fracturada por barrancales y sierras y también rota en lo jurídico por
una extraña cualidad: es un “estado libre asociado” no incorporado pero en
realidad dependiente de los EE UU., una manera de provincializar sin decir
provincia.
Para el cantante, compositor y tocador de cuatro nunca
hubo discusión en la ceremonia de entrega de premios sobre la mejor de las
posibles residencias en la Tierra. "Y si tengo que morir, por Puerto Rico
muero", asevera en un tema. "Puerto Rico brilla, Puerto Rico, amor, parece
una flor entre las Antillas," suspira en otra.
El patriarca de la música jíbara moderna, grabó
un centenar de temas e interpretó, según algunos cálculos no contrastados,
un repertorio de unos mil. No es exagerado señalar que en el 90 por ciento
menciona su origen boricua y en uno de cada dos cita a la patria chica, el
barrio Bairoa de Caguas, en
el centro oriente de la isla, un lugar que consideraba, según declaró en una entrevista,
“la capital del mundo” —aunque, alertaba con cierta sorna, se trata de un lugar
donde es necesaria la velocidad: “los cabros comen con la emergencia puesta”
por el siempre inminente peligro de despeñe—.
Unos meses antes de cumplir 75 años Ramito se
suicidó de un tiro en la sien izquierda por un riesgo mayor que cualquier
acantilado: el imparable avance de un cáncer de estómago que le impedía vivir
con dignidad. Había tenido seis esposas con casorio legal por medio y dejó
inscritos en el registro a 18 hijos.
En esta playlist están casi todas las grandes
canciones de este hombre de escasa estatura y algo de llana pomposidad. Risueño
casi siempre y de cara redondeada, necesitaba gafas de miope de montura
monumental, pero las rechazaba al actuar. No consideraba ridículo el casticismo
extremo de las carpetas de sus discos, en los que aparece con un gallo de pelea
vivo, un machete reluciente que nunca ha cortado caña de azúcar y un sombrero
de 'pava', trenzado de yarey y acaso comprado en una tienda de recuerdos... La
carencia de asesoría de autenticidad e imagen queda compensada por las canciones
y el mensaje, ambos son, como diría un boricua, a fuego.
Arcaico, hipernacionalista e infractor de todos los
pecados relacionados con el tipismo, Ramito fue el mejor improvisador
del verso de la música caribeña. Admiraron su sinceridad cordial
cantantes como José Feliciano, Ricky Martin, Jenifer López y el siempre
espléndido Héctor Lavoe. De este último y con Willie Colón al frente de una de
las formaciones de Fania, incluyo el aguinaldo Canto a Borinquen.
La playlist se cierra con el tema de mayor alcance
popular de Ramito, Qué bonita bandera, una plena considerada como
un himno oficioso de Puerto Rico. No se trata de una composición con
intenciones independentistas, sino, al contrario, de un canto de
veneración a la enseña. Pese a que fue en origen un símbolo del
secesionismo de finales del siglo XIX y era delito izarla hasta 1952, Ramito
no se moja en la cuestión nacional de la isla y sólo expresa una desatada
emoción ante el símbolo. "Representando la patria / después de Dios ella es
la primera / que bonita bandera / es la bandera puertorriqueña", dice una de las estrofas. Habla, claro, de la
bandera del “estado libre asociado”, no de la oficial, que es la de los EE. UU.