El pueblo gitano, por su espíritu nómada, viajante y abierto
al encuentro, siempre ha sido proclive a hacer suyos otros sentires de la
humanidad. No es sólo ahora en éstas últimas décadas justo al final del régimen
franquista en España, sino que ha sido siempre, porque es la forma que los
gitanos tenemos, inconsciente o conscientemente, de sobrevivir en este mundo.
El patrimonio artístico gitano está impregnado de sabores procedentes casi de
todos los rincones del planeta. Asia, Oriente, como punto de partida o como
base, pero luego Europa, África y América como lugares de encuentros, de
conexiones con otras emociones y formas de trascender lo mundanal y ahondar en
el espíritu de la vida humana. Como digo, antes que llegaran Camarón, Luís, El
Zingaro, Las Grecas, El Lebrijano, Pata Negra, Ketama, Los Chichos, Peret, El
Pescailla, Los Chorbos, Manzanita, Parrita, Ray Heredia, Sorderita e infinidad
de grupos y solistas desde los sesenta hasta hoy día; antes de ellos, ya estuvo
Caracol, como se suele decir, fusionando, también Sabicas y antes que ellos,
los creadores del flamenco, los gitanos del siglo XVIII y XIX.
El flamenco es
un punto de encuentro entre lo gitano y lo hispano, es en sí una fusión. Porque
ese es el carácter y el espíritu kaló. El encuentro. Abrirse a conocer otros
formas de sentir y ver la vida, y hacerlos suyo. Esto es, gitanizar la vida,
gitanizar el mundo. Ese es todo el trasfondo de la actitud kalí ante la vida,
esa es la esencia y la riqueza viva del kalipen; ahí se demuestra el sentido
profundo de la bandera gitana, verde de los prados, azul de los cielos, la
rueda del viajero abierto a conocer y abierto a hacer suyo el Universo. Será
por eso que aún a pesar de multitud de intentos de asimilación y de
desaparición de lo gitano durante toda su historia, lo gitano sigue vivo, sigue
presente en este sueño que es la vida en este loco y fascinante mundo. Será por
su espíritu cultural universal.
(Ramón Ravazsa)