Desde niño, Patricio admiró la coherencia y el ejemplo de su padre, viéndolo como un reflejo de Dios. Aprendió que la verdadera influencia no está en palabras, sino en acciones, y que la fidelidad y la obediencia importan más que los logros visibles. Su historia enseña que la verdadera herencia que dejamos es espiritual: vidas transformadas por nuestro ejemplo, integridad y servicio fiel, confiando siempre en que Dios completará la obra que iniciamos.