Armando creció con alimento en la mesa, pero sin la presencia emocional que forma el corazón. Aprendió a callar, a endurecerse y a rechazar el afecto, creyendo que esa era su fortaleza. Sin embargo, cuando alguien decidió escucharlo sin juzgarlo y caminar a su lado, descubrió que su dureza era una herida sin sanar. A través del amor, la mentoría y la guía espiritual, entendió que el afecto restaura y que nunca es tarde para cambiar.