Como manifiesta el Vaticano II existe una equivalencia de contenido material entre los términos “cristiano” y “laico”, pues todo lo que podemos señalar como rasgo de un laico o seglar coincide con la de cualquier miembro del Pueblo de Dios que se constituye como tal por el bautismo y la confirmación. El ser de un cristiano es el ser laical y, por tanto, el ser laico no añade nada al ser cristiano y sólo tendrá un carácter específico propio, diferenciado de la identidad cristiana, en su enfoque o en su forma, si la comparamos con los clérigos o religiosos.