Nuestro Señor había recorrido toda Galilea, principiando cuando Juan fue puesto en la prisión, no únicamente enseñando en las sinagogas de ellos y predicando el evangelio del reino, sino también sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. Como consecuencia natural de esta actividad, lo siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán. Y viendo a las multitudes, que ninguna sinagoga podría contener, aun si alguna hubiera estado a la mano, «subió al monte», en donde había lugar para todos los que venían a él de todas partes. «Y sentándose», siguiendo la costumbre de los judíos, «vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca» (una expresión que denota el principio de un discurso solemne) «les enseñaba diciendo...»