En 1989, un sticker con el rostro de un luchador inició un experimento sobre los límites de la atención y la gramática del poder. De la subversión callejera al icono electoral, la obra de Shepard Fairey demuestra que una imagen puede infiltrarse en la conciencia colectiva sin pedir permiso. En ese éxito reside la grieta: el momento en que el mecanismo de control denunciado termina siendo el mismo que el artista utiliza para proteger su nombre.