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Or


Por qué - Silvina Moreno
No te creas que soy valiente
en el fondo también me duele
estar tan vulnerable
Nos lanzamos tan impotentes
a un abismo de incertidumbre
loco, irresistible
todo lo que tengo para darte
todo lo que ves y no hay más.
Vení contame de qué se trata
te hace fuerte si no te mata
los años pasan y no cambia
siempre me lo voy a preguntar
por qué no alcanza...
Amor (Silvina Ocampo)
Quisiera ser tu predilecta almohada
ser tu puerta, tu luz cuando te alejas,
no tener nunca miedo de perderte
la tediosa y vulgar fidelidad
Perder - Leila Guerriero
No siempre tengo cosas para decir. Entonces, a veces, me pongo a leer a Elizabeth Bishop. Y siempre, antes o después, llego a ese poema portentoso: El arte de perder. «El arte de perder no es muy difícil; / tantas cosas contienen el germen / de la pérdida, pero perderlas no es un desastre. / Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder / las llaves de las puertas, la horas malgastadas. / El arte de perder no es muy difícil. / [...] Desaparecieron / la última o la penúltima de mis tres queridas casas / [...] / Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso / reino que era mío, dos ríos y un continente. / Los extraño, pero no ha sido un desastre.» Claro que no hay nada más difícil —y Bishop lo sabía— que el arte de perder. Hoy vi, otra vez, una película llamada Une liaison pornographique, en la que él —Sergi López— y ella —Nathalie Baye— se encuentran en un motel, sin saber nada el uno del otro, sólo para tener sexo: buen sexo. Lo hacen durante mucho tiempo hasta que algo se corre de lugar (como si se pudiera tener buen sexo con alguien durante mucho tiempo sin que nada se corriera de lugar), y entonces ella dice «¿Y si lo hiciéramos de verdad?». Y lo hacen: de verdad. Como si fuera la primera vez. Y el amor —un embrión flojo pero firme— resulta ser el ángel de la muerte, porque es exactamente entonces —cuando dejan de ser el uno para el otro un poco de carne sin pasado y sin nombre— cuando empieza el momento de perder. Hace tiempo, un escritor amigo me dijo esto: «Sólo cuando sé que mi hija está condenada por mí, que la traje al mundo para morir y acepto eso, es cuando puedo ser su padre de manera cabal, liberándola y liberándome». Habituarse a una hermosa risa humana, a un cuerpo vivo, cuesta muy poco. Dejar partir, en cambio —dominar el arte de perder—, cuesta la vida.
Hagamos un trato (Mario Benedetti)
Si alguna vez advierte que la miro a los ojos
Si otras veces me encuentra huraño, sin motivo
Pero hagamos un trato: yo quisiera contar con usted
No ya para que acuda, presurosa, en mi auxilio
Have yourself a merry little christmas
Que tengas una feliz Navidad
Que tengas una feliz Navidad
Aquí estamos como en los viejos tiempos
A través de los años todos estaremos juntos
Aquí estamos como en los viejos tiempos
A través de los años
Mis versos grises son maniobras
Fragmento de "Cosas antiguas" de Clarice Lispector.
Qué bonitas son las cosas antiguas que se han vuelto opacas y amarillentas porque sobre ellas ha pasado la vida, porque crecemos y vivimos tocándolas.
...no hay nada, por más bello, elegante o moderno, que nos de esta sensación de mutua y muda comprensión, de solidaridas incluso, que los muebles y objetos antiguos saben transmitir.
La calma - Leila Guerriero
Espero que el mar haya sido bueno con ustedes. Que la montaña, que las islas, que las sierras, que el río, que el campo hayan sido buenos con ustedes. Que las aguas hayan sido cálidas y el cielo frío. Durante todos los días en los que no estuve aquí, en los que no les hablé ni me escucharon, busqué un sereno camino hacia la calma. Dispuse sobre mi mesa de trabajo aquí los miedos, aquí las búsquedas que no valen la pena, aquí las luchas carniceras, aquí los dragones, aquí las moscas y los insectos, aquí la bruma. Abrí las puertas asombrosas de mis placares, su madera de color caramelo, y guardé en ellos la furia y la pena, el óxido y la melancolía, los vestidos antiguos que se usan para cubrir el vacío, las botas sucias de pisar el vértigo. Mientras allí afuera todos rezaban la Oración de la Santa Vacuna, el credo del Temido Rebrote, y se hincaban ante el altar de la Nueva Normalidad inhalando el aroma del Bendito Barbijo, cantando loas a los Arcanos de la Infectología, esperando que el Oráculo del Gran Epidemiólogo no arrojara la carta del ahorcado, yo puse todas las canciones tristes en un cajón de difícil acceso y me deshice de las fotos fijas del pasado reciente: de ese mundo sumido bajo la ceniza inmóvil. Caminé hacia la calma con convicción y voluntad guerrera, susurrando la melodía del recogimiento, repitiéndome en silencio los virtuosos versos de la alegría, deslizándome por las horas gloriosas de la ausencia de martirio.
Finalmente, por supuesto, todo salió mal. Fue de mañana, o de tarde, ya no importa. Era, eso sí, un día de sol. Los vestidos antiguos salieron como monstruos por las puertas de los placares, las fotos de los muertos se me clavaron en el cuello con la potencia de dientes capaces de comandar ejércitos, el sol negro de la melancolía se irguió sobre las plantas del balcón y las quemó con sus uñas de viejo. Y, de un momento para otro, todo estuvo ahí de nuevo: la furia y la pena, las moscas, los insectos, las luchas carniceras. Todo había brillado con tanta desmesura que no podía durar. “Quizá nos la pasamos siempre lanzando nuestro cuerpo/ hacia aquello que nos ha de destruir”, escribe la poeta californiana Ada Limón. Yo, como muchos, me lanzo una y otra vez contra la calma. Pero la calma no me destruye. Me destruye buscarla tanto, con esta intensidad asesina.
Adios tristeza (Paul Eluard)
Adiós tristeza.
En plena calle
La vida es pa' vivir tú bien lo sabes
Espero que la suerte te acompañe
Y que nunca venga nadie a darte a ti lecciones
Disfruta del manjar, que te aproveche
Que encuentres la manera de decir que piensas
Y que nunca venga nadie a darte a ti lecciones
Tú
Y que nunca venga nadie a darte a ti lecciones
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