SIEMPRE TUVE MUY CERCA, LA MANO DE MI MUJER.
Yo nunca deje de ser ese hombre que supongo alto, grande, un viejo sabihondo cruzando en silencio las calles, sabiéndose de milagro dentro de sí mismo, hondo, como un espejo por fuera que refleja otros espejos de otros viejos que supongo ver, tanto espejo roto por la calle, paseando, perdidos en el camino.
La maldita soledad que nos da tanta solvencia, esa maldita elocuencia de querer tener razón, como si la sinrazón no fuera esa parte de razón que se nos queda por fuera.
Olvidamos que estar solos y querer que, la soledad nos libere de ¿qué nos dan esos silencios cuando se van alejando los quereres? Esos amores queridos que olvidamos valorar, cuando vienen, si se van, si se alejan de nosotros, si se han ido para siempre o que nunca volverán.
¡Ay las mujeres! Que sentimos que no están, y están dentro de nosotros, en las paredes del alma, en los bordes de la piel, en la guerra cotidiana la que queremos ganar las que creemos perder
y nos las dejan ganar.
¡Ay Las mujeres! Tanto amor en un silencio, mirándonos de reojo, para ver donde escondemos los te quieros, los cerrojos, como romperlos del todo, nos acarician la mano mirándonos a los ojos,
sin decir una palabra, tan solo con ese gesto como si fueras un gato, son en ellas un homenaje a nuestro amor cotidiano.
A este viejo que, en su historia, se ha vuelto como supongo alto, grande, sabihondo, cruzando la calle abajo en silencio, sabiéndose de milagro a salvo, junto a su espejo que lleva la vida entera siendo la sombra que da su alma, donde el amor se refleja con quien sigue paseando.
Yo nunca dejé de ser ese hombre, aquel que supuse alto, grande, un viejo que, sabihondo, siguió cruzando las calles, a veces roto, perdido y sin saber que el camino está, en los surcos de la mano de la que lleva a su lado.
Esa mano cálida, de amor el que un día naciera,
siendo como siempre hubo de ser entre los dos la mano
de este viejo y su mujer.
Chema Muñoz©