El evangelio del segundo domingo de Pascua (Juan 20) nos presenta el conocido episodio de Tomás, que suele interpretarse como una oposición entre ver y creer. Sin embargo, el texto dice algo mucho más profundo.
“Bienaventurados los que crean sin haber visto” no es una invitación a la credulidad ni a aceptar cualquier cosa. La fe cristiana no se apoya en visiones privadas ni en fenómenos extraordinarios, sino en el testimonio apostólico y en el escudriñamiento de la Escritura.
Leído en su conjunto, todo el capítulo 20 de Juan desarrolla una misma idea: la fe nace cuando el signo es comprendido a la luz de la Palabra. No basta con ver; es necesario interpretar desde la Escritura, como hicieron los primeros discípulos.
Por eso nuestra fe no es inferior a la de ellos, sino distinta: nosotros no hemos visto los signos, pero participamos de la fe apostólica que los interpretó.
Además, el relato nos muestra algo esencial: la resurrección no es solo una realidad futura, sino una presencia activa en la Iglesia. El Resucitado deja dones concretos: la paz, el Espíritu y el perdón. Y en ellos se manifiesta ya la vida nueva.
Un texto profundamente eclesial, que no habla solo de Tomás, sino de la fe de todos los creyentes.