Imaginate una ciudad.
Una ciudad enorme.
Miles de calles.
Cientos de edificios.
Semáforos.
Puentes.
Atajos.
Avenidas que parecen llevarte directamente al lugar donde querés estar.
Pero hay algo extraño en esta ciudad:
hay puertas que nunca se abren.
Llegás a una entrevista…
y no te llaman.
Aplicás a una oportunidad… y eligen a otra persona.
Intentás entrar a un proyecto…
y no se da.
Querías una relación…
y terminó.
Querías estudiar algo…
y no pudiste.
Tenías un plan…
y la vida cambió el mapa.
Y entonces aparece esa pregunta:
“¿Por qué Dios no me dejó entrar?”
Pero… ¿y si estamos haciendo la pregunta equivocada?
Tal vez no deberíamos preguntar:
“¿Por qué se cerró?”
Tal vez deberíamos preguntar:
“¿Qué no estoy viendo desde este lado de la puerta?”
Porque cuando estás parado frente a una oportunidad que querías muchísimo…
es muy difícil imaginar que perderla también pueda ser una forma de protección.