El testimonio de los evangelios dan cuenta de un Jesús que, lejos de perpetuar un trato discriminatorio con la mujer, fue capaz de devolverles la dignidad robada, aceptar ser sostenido financieramente por ellas, tenerles entre sus discípulos y elegirlas como los primeros testigos de la resurrección. Si eso hoy le causa espanto a más de uno, imagínense lo que significó en aquella época.