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Un hijo, a pesar de todo, se mantiene firme y no cambia, ni acomoda la visión que su padre inició.
Cuando me establezco en la Voluntad de Dios, se habilita en mí la gracia; y la gracia desata el favor del Rey.
Debemos encender una alarma en nosotros que nos haga reaccionar y darnos cuenta que somos uno con el Padre.
Cuando en nuestro corazón decidimos escuchar y obedecer a nuestra paternidad, Dios nos hará coincidir con el tiempo de la cosecha.
El hijo pone atención a lo que el padre hace, sabiendo que en el futuro él deberá continuarlo.
Cuando un padre de fe te llama hijo, está reconociendo todo el potencial que fue puesto en ti desde la eternidad.
Mi vida es transformada y vestida reteniendo el consejo de un padre.
El no reconocernos como hijos nos llevará a vivir en incertidumbre y perder claridad en el propósito.
Para estar en la misma visión, debemos compartir un mismo corazón.
La relación entre un padre y un hijo implica compartir una misma naturaleza.
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