Un hombre se encuentra en la azotea de su casa, observando la ciudad a lo lejos. Sabe que algo grande está por suceder. Aún no llega el agua, pero puede sentirlo en el aire, en la inquietante calma que lo rodea. Recuerda los días anteriores, cuando todo parecía normal: el desayuno tranquilo, la rutina de siempre, hasta que la tierra tembló. Fue una señal, pero nadie imaginó lo que vendría después.
Ahora, desde lo alto, ve el horizonte oscurecido por una inmensa ola que avanza con fuerza imparable. No hay tiempo para escapar, solo para aceptar lo inevitable. La ciudad, las calles, los hogares… todo quedará bajo el agua en cuestión de minutos. La realidad golpea con la misma intensidad que el mar. Es un momento de resignación, de asombro ante la magnitud de la naturaleza y de incertidumbre sobre lo que vendrá después.