Cuando hablamos de erotismo, imaginar es una cosa; concretar, otra.
Y entremedio de todo eso, existe una actividad que es, por lo bajo, curiosa.
La representación de la fantasía, de aquello que nos erotiza, que nos calienta
Del sexo propiamente tal para poder disfrutarlo a través de los ojos… es algo que ha pasado por diversos estadios.
Ha sido arte, historia, entretención, contracultura y, por supuesto, negocio.
Y como todo aquello que produce placer y curiosidad al mismo tiempo, viene con su propio saco de contradicciones. La moral tiene un ojo puesto en ella siempre, por supuesto. La pornografía es enemiga de la religión, de lo puro. La interpretación y exposición explícita del sexo nos toca todas las fibras conservadoras.
Sacar esta actividad, el sexo, de lo íntimo y ponerla frente a nuestros ojos como ESPECTÁCULO es escandaloso, sobre todo para quienes temen del libertinaje y las consecuencias de arrojar luz sobre algo que hace un buen tiempo se considera de lo más privado. Los cuestionamientos éticos son otro asunto que problematiza al porno. La industria pornográfica nacida y criada en un sistema patriarcal desbordante de violencia es tierra fértil para dinámicas de explotación.
Pero así como tiene ávidos detractores, sigue sumando asiduos consumidores.
Ser una forma de entretenimiento prohibido y atrevido, solo lo volvió aún más atractivo y cotizado.
Hay quienes se han enriquecido y logrado la fama gracias al porno, y quienes han arruinado sus vidas. Sin embargo, mostrar es parte de la libertad. Y siempre SIEMPRE habrá alguien que quiera mirar… y por supuesto, que esté dispuesto a pagar por ello.