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La propia tradición de los derechos humanos —quizás el logro civilizacional más significativo de Occidente— está siendo devorada por el mismo nihilismo hedonista que corroe las bases culturales de la sociedad.Los derechos humanos nacieron de una matriz filosófica que, paradójicamente, Occidente ha abandonado. Ya fueran fundamentados en la teología cristiana (la dignidad como imagen divina), en el iusnaturalismo ilustrado (derechos inalienables derivados de la naturaleza humana) o en el universalismo kantiano (el imperativo categórico), todos estos fundamentos compartían algo crucial: una noción de naturaleza humana objetiva, universal y trascendente. Algo que existía más allá de las preferencias individuales y las construcciones sociales.
El posmodernismo ha demolido sistemáticamente estos fundamentos sin ofrecer nada sólido a cambio. Si no existe naturaleza humana objetiva sino solo construcciones culturales, si toda verdad es relativa al contexto, si toda categoría es fluida y toda identidad es performativa, entonces ¿sobre qué base podemos afirmar la universalidad de los derechos? La respuesta posmoderna es el silencio o, peor aún, la transformación de los derechos humanos en meras herramientas retóricas para la afirmación identitaria.
By AulaDHLa propia tradición de los derechos humanos —quizás el logro civilizacional más significativo de Occidente— está siendo devorada por el mismo nihilismo hedonista que corroe las bases culturales de la sociedad.Los derechos humanos nacieron de una matriz filosófica que, paradójicamente, Occidente ha abandonado. Ya fueran fundamentados en la teología cristiana (la dignidad como imagen divina), en el iusnaturalismo ilustrado (derechos inalienables derivados de la naturaleza humana) o en el universalismo kantiano (el imperativo categórico), todos estos fundamentos compartían algo crucial: una noción de naturaleza humana objetiva, universal y trascendente. Algo que existía más allá de las preferencias individuales y las construcciones sociales.
El posmodernismo ha demolido sistemáticamente estos fundamentos sin ofrecer nada sólido a cambio. Si no existe naturaleza humana objetiva sino solo construcciones culturales, si toda verdad es relativa al contexto, si toda categoría es fluida y toda identidad es performativa, entonces ¿sobre qué base podemos afirmar la universalidad de los derechos? La respuesta posmoderna es el silencio o, peor aún, la transformación de los derechos humanos en meras herramientas retóricas para la afirmación identitaria.