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Claudia Harrington . Especialista en Genero.
Contribuir, a través de todas las actividades del Observatorio, a la construcción de una cultura de los DDHH.
“Jirones de Libertad”
Una vez, cuando era chico, me escapé. No fue con demasiados prolegómenos, ni preparativos. Sólo me até un poco más fuerte los cordones, salté por la ventana y salí corriendo. Iba hacia algún lugar que no tenía nombre, pero alguna cosquilla me decía que era el sitio en el cual tenía que estar. Y tenía que estar ahí porque hacía falta. Escapé. Como si una energía nerviosa me corriera desde adentro. Corrí con la ilusión de que por correr, podía realmente huir de aquello de lo cual escapaba.
Fue imposible. Volví, cansado a las pocas cuadras. La empresa había fallado. Entendí ese mismo día, que podía escapar de a ratos, pero no para siempre. Que quizá servía sentarme en una plaza solo y en silencio. O comer una pizza en algún viejo rincón del Boulevard. Pero supe, un tiempo después, a los golpes, entre el barro de la calle y los libros de una vieja biblioteca, que para salir, no había que escapar.
Entendí que es más que un rato de tiempo lo que hay que dejar para poder salir de aquello que nos ata. Que hay que buscar caminando las calles en la resistencia. O mientras flamea una bandera con el nombre de muchos otros como yo. Suspirar cerrando los ojos mientras una brisa me peina la piel, y un alguien entre los nadies, me abraza fuerte y me empuja hacia adelante. Cambiar el yo por el nosotros.
Avanzar, entre tanto ruido, con la seguridad de mirar al de al lado y saber que algún día, aunque pase mucho tiempo, la salida se abrirá entre la oscuridad. Y tener la certeza que entonces no serán sólo mis ojos los que puedan verla.
Ana Carolina López/ Facundo Sánchez
“Piden pan, no le dan”
Martincito tenía 14 años por aquel entonces, siempre lo veía en el kiosco de la esquina de casa, haciéndose el que trabajaba con Horacio, el dueño del kiosco. Él
siempre le tiraba unos pesos al final de día, si las ventas acompañaban. Cada vez que nos veíamos me jodía con River, que nos habíamos ido a la B y todas esas
cosas. Un mediodía de verano, con el sol cortante, Martincito me dice: “Está de espalda River eh, el domingo pierde”. Yo le contesté que abrir la boca antes de
tiempo es de mufa, pero en verdad iba pensando en los quilombos de fin de año de la oficina.
Cuando entré al kiosco de Horacio, mientras esperaba en la fila, me puse a reflexionar. ¿Por qué de espalda? ¿Por qué para la metáfora se eligió la espalda y
no el orto o la nuca, por ejemplo? “Ni idea”, me respondí a mí mismo en voz alta mientras tanteaba unas papas para ver si estaban buenas.
Cuando salí de comprar lo que necesitaba me paré debajo de la sombra de un árbol, apoyé el antebrazo en un canasto de basura vacío y le pregunté a Martincito que estaba sentado en el cordón: "¿Por qué decís de espalda? No tiene nada que ver la espalda con estar mal, gil". Él no hizo ninguna mueca, sólo se acomodó un poco la gorra con las dos manos y me respondió un tajante: “Es que vos no entendes nada de eso”. Le dije que no me subestimara y que apostábamos una coca a que podía entenderlo perfectamente. Agarró una piedrita, la tiró al aire dos o tres veces y después apuntó y disparó contra un perro que andaba al frente, y soltó: “A veces en mi casa nos cagamos de hambre, cenamos té con pan y nos acostamos. Hay noches que mi mamá no toma ni come nada por nosotros.
Entonces no me quedó de brazos cruzados, salgo a tocar la puerta de algún vecino para ver si quiere que le barra la vereda o le corte el pasto, y la mayoría de las
veces lo único que veo son sus espaldas cerrándome la puerta. O cuando el Horacio no vende mucho, cierra la puerta del kiosco y mientras pone llave me dice
que no se vendió, y me quedo mirando su espalda. Y no sé, puede ser un poco de eso”, me dijo, entre tímido y angustiado. Yo lo miraba y pensaba que la apuesta
estaba casi perdida, hasta que me dijo: “Y otro poco puede ser mi papá. La última vez que lo ví salía por la puerta y me dijo, mientras caminaba hacia afuera, que se iba a pelear por su trabajo y el de sus amigos, que volvía para almorzar conmigo.
Pero no volvió, ¿entendes? Solo me quedé con su espalda y no volvió a comer.
¿Cómo mierda el mundo no va a estar de espalda”, arrojó con furia.
Yo metí la mano en el bolsillo, le di 50 pesos y me fui en silencio.
Esteban Viu
“Sin pan y con reclamos”
“CONFIANZAS II*”
Dice el poeta que los versos no sirven para hacer la revolución, que los poemas no pueden tomar el poder. Sin embargo, el poeta, obstinado, se sienta y escribe. Sabe que en ese acto ya hay gestada una revuelta, sabe que en ese gesto, lo silenciado está siendo dicho. Y si se dice, existe. Podemos pensar, entonces, que hay en el arte una potencia que es la de empacarse en no ceder contra lo establecido, la de contestar y proponer expresándose en la obra.
La instalación “Sin pan y con reclamos” está anclada en la obra de Ernesto de La Cárcova, “Sin pan y sin trabajo” de 1894. Sin embargo, su vigencia interviene sobre nuestra realidad actual y nos interpela y conmueve: la pobreza, el hambre, el miedo, el fastidio y la rabia expresadas por el pintor, siguen presentes. El equilibrio inestable de aquella obra se repite en las injusticias de hoy.
No se trata de una representación de lo que vemos en la pintura -que de un modo interesantísimo, aparece observando la escena desde un cajón-, sino de una
resignificación de la misma. En el arte conceptual -al cual pertenece esta obra-, los objetos determinan la abstracción de una idea, haciéndola más potente. Por eso aquí, los protagonistas son los platos. No se trata de reproducir el gesto de furia de un hombre, casa adentro, golpeando la mesa. Se trata de potenciar esa rabia: entonces hay reclamos, y son colectivos, y aparecen como la sustancia, el contenido, del centro vacío de los platos.
La escena es envolvente: cientos de platos esparcidos,multiplicados,apilados,nos rodean. Y rugen en su interior las palabras. El lenguaje es performático y crea: el hambre de justicia ocupa ahora el centro. El dolor se ha vuelto grito, voces, y puede modificar la realidad.
Quizás, por ese poder de sublevación que tiene el arte, los artistas siguen creando. Saben que pueden transformar lo estático en movimiento, la desazón en energía, la sumisión de un hombre que se resigna en una rebeldía expansiva que movilice -al menos- nuestras conciencias.
* Referencia al poema “Confianzas” de Juan Gelman. Del libro “Relaciones” de
1963
Rocío Sánchez
“Hilvanes de opresión”
“Los hilos”
Hay una puntada anterior
en la cadena
una aguja que todavía punza
el centro del alfiletero
Sus puntos, costureras,
el mal paso que las hilvana
en los reductos del mundo
¿No escuchan desde el futuro
un acorde bajo
entre los hilos?
Tejedoras, descosemos
el pespunte desde la primera fibra
tiramos,
Costureras,
hasta el principio del tiempo
hasta Penélope y Ariadna, hasta el telar
de las mujeres aimaras
hasta la madeja que abre
para nosotras
sus filamentos .
Mostramos contextos patrimoniales con el objetivo de dar cuenta sobre la importancia que refiere el vínculo y la articulación de la
Universidad Nacional de Río Cuarto con la región.
En esta oportunidad, a partir de poner en conocimiento sobre museos y sitios arqueológicos como dispositivos científicos, educativos, artísticos y tecnológicos de interés cultural, natural y ecosistémico del Área Sur de la Sierras de Comechingones de la provincia de Córdoba.
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