Martincito tenía 14 años por aquel entonces, siempre lo veía en el kiosco de la esquina de casa, haciéndose el que trabajaba con Horacio, el dueño del kiosco. Él
siempre le tiraba unos pesos al final de día, si las ventas acompañaban. Cada vez que nos veíamos me jodía con River, que nos habíamos ido a la B y todas esas
cosas. Un mediodía de verano, con el sol cortante, Martincito me dice: “Está de espalda River eh, el domingo pierde”. Yo le contesté que abrir la boca antes de
tiempo es de mufa, pero en verdad iba pensando en los quilombos de fin de año de la oficina.
Cuando entré al kiosco de Horacio, mientras esperaba en la fila, me puse a reflexionar. ¿Por qué de espalda? ¿Por qué para la metáfora se eligió la espalda y
no el orto o la nuca, por ejemplo? “Ni idea”, me respondí a mí mismo en voz alta mientras tanteaba unas papas para ver si estaban buenas.
Cuando salí de comprar lo que necesitaba me paré debajo de la sombra de un árbol, apoyé el antebrazo en un canasto de basura vacío y le pregunté a Martincito que estaba sentado en el cordón: "¿Por qué decís de espalda? No tiene nada que ver la espalda con estar mal, gil". Él no hizo ninguna mueca, sólo se acomodó un poco la gorra con las dos manos y me respondió un tajante: “Es que vos no entendes nada de eso”. Le dije que no me subestimara y que apostábamos una coca a que podía entenderlo perfectamente. Agarró una piedrita, la tiró al aire dos o tres veces y después apuntó y disparó contra un perro que andaba al frente, y soltó: “A veces en mi casa nos cagamos de hambre, cenamos té con pan y nos acostamos. Hay noches que mi mamá no toma ni come nada por nosotros.
Entonces no me quedó de brazos cruzados, salgo a tocar la puerta de algún vecino para ver si quiere que le barra la vereda o le corte el pasto, y la mayoría de las
veces lo único que veo son sus espaldas cerrándome la puerta. O cuando el Horacio no vende mucho, cierra la puerta del kiosco y mientras pone llave me dice
que no se vendió, y me quedo mirando su espalda. Y no sé, puede ser un poco de eso”, me dijo, entre tímido y angustiado. Yo lo miraba y pensaba que la apuesta
estaba casi perdida, hasta que me dijo: “Y otro poco puede ser mi papá. La última vez que lo ví salía por la puerta y me dijo, mientras caminaba hacia afuera, que se iba a pelear por su trabajo y el de sus amigos, que volvía para almorzar conmigo.
Pero no volvió, ¿entendes? Solo me quedé con su espalda y no volvió a comer.
¿Cómo mierda el mundo no va a estar de espalda”, arrojó con furia.
Yo metí la mano en el bolsillo, le di 50 pesos y me fui en silencio.