Paul Lindstrom

Tala Mix


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El tala indio no es un género musical en sí, sino el sistema rítmico que sostiene gran parte de la música clásica de la India, tanto del norte como del sur. A lo largo de siglos, este entramado rítmico ha evolucionado con una precisión casi matemática, pero también con una profundidad expresiva que va mucho más allá de los números. Los músicos lo aprenden desde niños, primero golpeando las palmas al ritmo de ciclos como el teental de dieciséis tiempos o el rupak de siete, repitiendo hasta que el cuerpo lo internaliza y ya no se piensa, simplemente se vive.

En los gharanas —las linajes musicales tradicionales—, el tala se transmite de maestro a discípulo con una mezcla de rigor y devoción. No basta con contar; hay que sentir cómo cada subdivisión respira, cómo los acentos cambian de peso según el contexto melódico, cómo el silencio entre los golpes puede tener tanta intensidad como el sonido mismo. En el sur, los mridangamistas despliegan complejidades rítmicas que dialogan con la voz o el violín en el Carnático, mientras que en el norte, los tabla players improvisan dentro del ciclo con una libertad que parece desafiar la lógica, pero siempre regresan al sam —el primer golpe del ciclo— como si nunca hubieran partido.

Aunque para el oído no entrenado pueda sonar abstracto, el tala está profundamente arraigado en la vida cotidiana: en los cánticos religiosos, en las danzas clásicas como el Kathak o el Bharatanatyam, incluso en las canciones populares modernas que, sin saberlo, heredan su pulso de estos antiguos patrones. Con el tiempo, algunos artistas han llevado el tala fuera de sus fronteras originales, fusionándolo con jazz, electrónica o música contemporánea, pero su esencia sigue intacta: un latido ordenado que, paradójicamente, deja espacio infinito para la emoción, la sorpresa y la imperfección humana.

La influencia del tala indio se ha desbordado hace tiempo de los confines del concierto clásico para tejerse, a veces de forma sutil y otras con toda intención, en ámbitos tan diversos como la literatura, el cine, la moda y otros estilos musicales. En la literatura, escritores como Vikram Seth o Amitav Ghosh han incorporado su estructura rítmica no solo como metáfora, sino como andamiaje narrativo: ciclos que se repiten con variaciones, pausas cargadas de significado, frases que regresan al punto de partida tras un largo viaje, imitando la forma en que un tala vuelve siempre al sam. Poetas, especialmente en lenguas como el bengalí o el tamil, han jugado con métricas inspiradas en estos patrones rítmicos, buscando en la palabra escrita esa misma tensión entre orden y libertad.

En el cine, sobre todo en la India, el tala es un pilar invisible pero omnipresente. Las coreografías de Bollywood están construidas sobre ciclos rítmicos que, aunque simplificados para el público general, conservan ecos del teental o el jhaptal. Directores como Satyajit Ray o Mani Ratnam han usado deliberadamente complejidades rítmicas en las bandas sonoras de sus películas, no solo para embellecer, sino para subrayar emociones o marcar giros dramáticos. Incluso fuera de la India, compositores de cine occidental —desde Philip Glass hasta A.R. Rahman en sus colaboraciones internacionales— han recurrido al tala para evocar misterio, espiritualidad o una sensación de tiempo circular.

La moda, más intuitiva que teórica, ha absorbido esta influencia de manera sensorial. Diseñadores como Sabyasachi Mukherjee o Rahul Mishra han traducido la repetición y variación del tala en patrones textiles, bordados que se repiten con sutiles alteraciones, o siluetas que sugieren ritmo a través del movimiento de las telas. En desfiles internacionales, no es raro ver colecciones donde el flujo de las prendas, la cadencia con la que se presentan o incluso el sonido de fondo remite a esa pulsación cíclica que caracteriza al tala.

En cuanto a otros estilos musicales, su huella es innegable. Desde los experimentos de John Coltrane con el ciclo de dieciséis tiempos en “India”, hasta las fusiones de artistas como Anoushka Shankar con flamenco o jazz, el tala ha servido como puente rítmico entre culturas. Bandas de rock progresivo, productores de música electrónica y percusionistas de jazz lo han adoptado no como exotismo, sino como herramienta creativa: un sistema que permite improvisar dentro de una estructura, dialogar con el tiempo sin linealidad forzada. Lo que comenzó como un marco sagrado para la devoción y la meditación se ha convertido, con el paso de los años, en un lenguaje universal del ritmo, flexible y profundo, capaz de resonar en cualquier disciplina sensible al pulso humano.

Los instrumentos que dan vida al tala indio no solo marcan el tiempo: lo respiran, lo moldean y a veces hasta lo desafían. Entre todos, la tabla se alza como la voz más reconocible del norte de la India. Conformada por dos tambores —el dayan, de madera y tono agudo, y el bayan, de metal y grave—, permite una gama expresiva asombrosa: desde golpes secos y precisos hasta sonidos que parecen gemidos o risas. Su lenguaje onomatopéyico, el llamado “bols”, se aprende como un dialecto rítmico, y los grandes maestros lo usan para improvisar con una complejidad que parece conversación más que percusión.

En el sur, el mridangam es el corazón del Carnático. Tallado en una sola pieza de madera y cubierto con cuero tensado, su sonido es más resonante, más orgánico. A diferencia de la tabla, que brilla en la interacción solista, el mridangam suele dialogar con la voz o con instrumentos melódicos como el violín o el veena, respondiendo a cada matiz con una fidelidad casi telepática. Sus ejecutantes no solo sostienen el tala, sino que lo adornan con “korvais” y “mohras”: frases rítmicas que culminan siempre en el sam, creando una tensión y resolución que emociona tanto como cualquier melodía.

Otros instrumentos complementan este universo rítmico con roles específicos. El pakhawaj, antecesor de la tabla, aún se usa en estilos devocionales como el dhrupad; su sonido profundo y ceremonial evoca templos y cortes antiguas. El ghatam, una simple olla de barro, sorprende por su capacidad de producir timbres metálicos y graves según cómo se golpee o se incline; en manos de un virtuoso, cobra vida propia dentro del conjunto. El kanjira, un pequeño pandero con serpientes disecadas en su interior para crear vibrato, aporta textura y ligereza, mientras que el thavil —un tambor de doble cara usado sobre todo en procesiones y música de templo— impone su presencia con fuerza rítmica y volumen.

Incluso instrumentos no percusivos participan en la articulación del tala. Los bailarines de Kathak o Bharatanatyam lo encarnan con los pies, usando ghungroos —cascabeles atados a los tobillos— para convertir el cuerpo en un instrumento rítmico. Los cantantes, a su vez, marcan el ciclo con palmas o con sílabas rítmicas (“konnakol” en el Carnático), demostrando que el tala no depende de un objeto, sino de una conciencia compartida del tiempo. Juntos, estos instrumentos —antiguos, humildes, a veces aparentemente simples— sostienen uno de los sistemas rítmicos más sofisticados del mundo, no con rigidez, sino con una fluidez que hace del pulso algo vivo y mutable.

El tala indio trasciende con mucho la función de organizar el tiempo en la música; se ha convertido, con los siglos, en un hito cultural que atraviesa lo espiritual, lo social y lo estético de la civilización india. No es solo un recurso técnico, sino una forma de entender el mundo: cíclica, no lineal, donde el retorno no implica repetición mecánica, sino renovación consciente. Esta visión del tiempo —tan presente en la filosofía hindú, en los rituales diarios, en las estaciones y en los ciclos cósmicos— encuentra en el tala una expresión sonora tangible, accesible incluso a quien no profesa ninguna fe, pero siente su resonancia en el cuerpo.

En las cortes medievales, dominar el tala era señal de refinamiento intelectual y artístico; hoy, sigue siendo una prueba de disciplina y sensibilidad. Los niños aprenden sus primeros talas jugando con las palmas, como si el ritmo fuera parte del lenguaje materno. En los templos, los cantos devocionales se entrelazan con ciclos rítmicos que guían la oración colectiva, marcando no solo cuándo respirar, sino cuándo sentir. Incluso en las calles, en las fiestas populares o en los trenes atestados, uno puede percibir cómo el pulso del tala late de forma inconsciente en el modo en que se marcan los pasos, se entonan los gritos de vendedores o se entrelazan las conversaciones.

Su pervivencia no se debe a la rigidez, sino a su capacidad de adaptación. A lo largo del tiempo, ha absorbido influencias, se ha simplificado para masas, se ha complejizado para eruditos, y aun así mantiene su núcleo intacto: la idea de que el orden rítmico no limita la libertad, sino que la enmarca para que brille con más intensidad. Artistas contemporáneos lo usan para dialogar con tradiciones ajenas; científicos lo estudian por su estructura casi fractal; educadores lo emplean para enseñar matemáticas o coordinación motriz. Y sin embargo, en su esencia más íntima, el tala sigue siendo aquello que une al músico con su maestro, al oyente con el momento presente, al ser humano con el latido del universo. No es un sistema cerrado, sino una puerta abierta —una forma antigua de escuchar, contar y vivir el tiempo que, lejos de agotarse, sigue inspirando asombro generación tras generación.

Es todo por hoy.

Disfruten del mix que les comparto.

Chau, BlurtMedia…

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