No eran una perita en dulce, pero tampoco merecían morir de la manera artera como los ejecutaron. Una mujer, ANNA ANDERSON MONAHAN, mantuvo viva la esperanza de que tal vez, sólo tal vez, un miembro de la familia Romanov siguiera vivo y deambulando por este mundo; restregándole a los bolcheviques que ni eran tan grandes ni tan efectivos. Hoy, sus huesos al fin recuperados de memoria, descansan en la “Iglesia sobre la sangre” en Ekaterimburgo.